Trump no nos quiere

Donald Trump, junto a Jens Stoltenberg (Secretario General de la OTAN), durante su discurso en el memorial 11-S/Artículo 5. Foto: ©NATO / Flickr.

Donald Trump, junto a Jens Stoltenberg (Secretario General de la OTAN), durante su discurso en el memorial 11-S/Artículo 5. Foto: ©NATO / Flickr.

La canciller alemana, Angela Merkel, acaba de reconocer en público lo que hasta hace poco sólo se hacía en privado. Ya en vísperas de las reuniones de la OTAN en Bruselas y del G-7 en Taormina, se temía que el presidente Trump pudiera decirlo abiertamente en sus intervenciones oficiales o en sus tuits. Con sus gestos, sus palabras y silencios ha dejado claro que no nos quiere a los europeos o, al menos, que no nos consiente tanto como antes.

Estados Unidos y sus presidentes nos han consentido a los europeos durante varias décadas. Nos han prestado asistencia económica y militar cuando más la necesitábamos durante la Guerra Fría. Y se han comportado como un hegemón benigno, en la medida que sus líderes no han querido criticar en público a sus aliados por su falta de esfuerzo económico o militar. Tampoco lo han hecho sus representantes diplomáticos y militares en Europa porque estaban socializados en la importancia del vínculo transatlántico para el liderazgo occidental del mundo. Lo europeo estaba presente en Estados Unidos y, como en el estribillo de Carlos Vives en “Fruta Fresca”, existía amor, preferencia y visibilidad.

Si, si, si,
Este amor es tan profundo,
Que tú eres mi consentida,
Y que lo sepa todo el mundo.

Pero con el tiempo la llama del amor comenzó a apagarse y los europeos dejaron de ser los preferidos de los estadounidenses. Primero de sus ciudadanos, porque se redujeron los vínculos familiares, emocionales y demográficos que conectaron a las generaciones de las dos guerras mundiales. Luego, de sus representantes en las Cámaras porque fueron perdiendo la conexión con el “destino manifiesto” de la política exterior estadounidense y comenzaron a fundamentar su amor en criterios de contabilidad en lugar de dejarse llevar por la pasión, tal y como Erich Fromm recomienda en su Arte de Amar. Abierta la veda, los secretarios de Defensa comenzaron a cuestionar la utilidad de la caja de herramientas común, exigir la adhesión incondicional y reprochar a sus aliados que no combatieran o gastaran tanto como ellos. Sin amor profundo, Europa dejó de ser la consentida de Estados Unidos hace varias Administraciones y ya sólo quedaba que lo supiera todo el mundo, algo que le ha tocado decir al presidente Trump aunque no ha sido él quien ha inventado lo del pivote hacia Asia, el liderazgo desde atrás o el multilateralismo selectivo.

Si, si, si,
Este amor es tan profundo,
Que tú eres mi consentida,
Y que lo sepa todo el mundo

Los aliados europeos también han amado –y consentido– a los Estados Unidos.

Han dejado que les liderara en la OTAN y en las organizaciones internacionales de gobernanza. Que subestimara la relación bilateral con la Unión Europea, con sus líderes y con su proyecto de integración política y económica. Para reforzar la cohesión aliada, se han reprimido de manifestar en público sus divergencias con su líder natural. Su amor era tan profundo que no le han recriminado sus errores estratégicos en Kosovo, Irak, Afganistán o Libia. También le acompañaron ciegamente en su guerra contra el terror a pesar de que sabían que el instrumento militar no era el más adecuado para hacerlo. Permitieron que se atribuyera a la OTAN la responsabilidad de lo que ocurriera en Afganistán, sabiendo que la cadena de mando no pasaba por el Cuartel General de la OTAN en Bruselas y que se decidía en Washington quién y cómo se conducía la operación y cuándo y como se terminaba. También permitieron que Estados Unidos endosara a la OTAN el liderazgo de una operación militar contra Libia que no había empezado la Alianza y de cuyo liderazgo “desde delante” se apartó a los pocos días de empezarla.

El reconocimiento del presidente Trump no pone fin inmediato al vínculo transatlántico ni a la OTAN ni a la primacía occidental tal y como los conocemos. Lo que pone fin es al consentimiento incondicional del que disfrutaban los aliados estadounidenses en Europa. Finalizados el amor y el consentimiento, sólo queda el cálculo contable, pasar cuentas y evaluar si es mejor la separación, tomarse un tiempo o solicitar un divorcio.

Los allegados se dividen entre quienes apuestan que Estados Unidos acelerará el distanciamiento unilateral (EEUU primero), los que ven una oportunidad para que la UE asuma su protagonismo global (EU ya) y los que quedamos en el confort de la equidistancia porque conocemos –o creemos conocer– a la pareja. Ésta pasó por una situación parecida durante la segunda administración Reagan, cuando su entendimiento con el presidente Gorbachov hizo temer a los líderes de entonces (Helmut Kohl, François Mittterand y Margaret Thatcher) que EEUU hiciera las maletas (el conocido como decoupling). Tanto entonces, cuando se propusieron reactivar la Unión Europea Occidental por su cuenta, como otras veces que se ha puesto en marcha una identidad europea diferenciada, los mismos que exigían a Europa un mayor protagonismo han hecho todo lo posible para evitar su emancipación. Las apelaciones a repartir la carga nunca se han acompañado de una oferta para repartir responsabilidades ni se ha reconocido a los aliados europeos un interés o foro propio.

Que no sea necesario mantener las apariencias, no significa que no vuelvan a colaborar cuando coincidan sus intereses. Lo seguirán haciendo de forma bilateral, con sus consentidos particulares, y multilateral, con las coaliciones de los que quieran y puedan actuar juntos. Estados Unidos seguirá necesitando a sus aliados europeos para legitimar sus intervenciones militares, combatir al yihadismo o alimentar su industria de defensa. Del mismo modo, los europeos seguirán necesitando a Estados Unidos. Lo harán por entrar en el ranking de países consentidos de cada Administración, para sentirse especiales. También lo seguirán haciendo mientras que carezcan de autonomía estratégica propia, aunque está por ver como resuelven su dilema a la hora de elegir entre el corazón y la cartera.

Cuando pasan el amor y el consentimiento, sólo quedan los intereses comunes. La pareja se seguirá frecuentando en los eventos familiares obligados, repartirá su patrimonio en las mejores condiciones posibles, se saludarán por la calle y mirarán de reojo para ver quién va colgado ahora del brazo de su ex consentido. ¿Seremos así de civilizados y modernos o acabaremos aireando los trapos sucios por las redes y juzgados como hacen todas las parejas despechadas? (y que lo sepa todo el mundo).

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