En Libia las armas marcan la agenda política

Complejo petrolífero de Brega entre Sirte y Ajdabiya, Libia (2011). Foto: Al Jazeera English / Flickr (CC BY-SA 2.0). Blog Elcano

Complejo petrolífero de Brega entre Sirte y Ajdabiya, Libia (2011). Foto: Al Jazeera English / Flickr (CC BY-SA 2.0).

En claro contraste con la parálisis política que sigue atenazando a Libia, el campo militar presenta actualmente un notorio incremento de actividad, especialmente en relación con el control de las instalaciones petrolíferas. El manejo de la principal fuente de riqueza nacional es una clave fundamental para lograr inclinar definitivamente la balanza en la lucha por el poder que se viene desarrollando abiertamente desde la eliminación hace ya cinco años del nefando régimen instaurado por Muamar el Gadafi. Y en ese terreno dos nombres propios sobresalen ahora mismo: Ibrahim al-Jathran, al frente de la Guardia de Instalaciones Petrolíferas, y Jalifa Hafter, ahora promovido al cargo de mariscal de campo y cabeza visible del Ejército Nacional Libio.

Lo chocante en principio es que, formalmente, ambos estaban alineados hasta hace muy poco con el gobierno instalado en Tobruk, la Cámara de Representantes (CdR), y hasta cabe añadir que el primero era un subordinado del segundo. Pero en la práctica se trata de enemigos irreconciliables, tanto en el plano personal como en el político. Hasta el inicio de este mismo verano al-Jathran parecía gozar de una posición más ventajosa. Por un lado, contaba con una milicia operativa que había logrado controlar buena parte de los centros de producción de hidrocarburos y las principales terminales de exportación ubicadas en la Cirenaica. Por otro, había optado por alinearse con el nuevo Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), asociándose incluso con la poderosa milicia de Misrata (antigua enemiga) en su lucha común contra las facciones de Daesh presentes en Sirte y alrededores y, sobre todo, contra las huestes lideradas por Hafter.

Por su parte, Hafter parecía ir perdiendo peso en su apuesta radicalmente antiislamista. Aunque mantuviera notables apoyos externos y su condición de jefe militar de las fuerzas que apoyan a la cuestionada Cámara de Representantes, se había ido viendo relegado por sus rivales (especialmente por el actual ministro de defensa del GAN, Mahdi al-Barghathi) en el proceso de designación de los principales mandos militares del propio GAN. Sin embargo, con el paso del tiempo, sin olvidar la ayuda militar tanto de Egipto como de combatientes del sudanés Movimiento Justicia e Igualdad, ha logrado ir ganando terreno tanto político como militar. En el campo político ha logrado explotar en su favor la decisión de su rival –al alinearse con el GAN, ofreciendo a las nuevas autoridades (no reconocidas aún por la CdR) el control de las terminales en su poder a cambio de garantías de salarios para su gente y una posición de primera línea para él mismo–, presentándolo como un traidor a su propia tribu Al Magharba y al gobierno de Tobruk, y como un mero mercenario interesado en explotar su posición de fuerza para obtener beneficios económicos personales. En el campo militar, la mejor muestra de su renovado ímpetu ha sido la toma de control, el pasado 11 de septiembre, de las terminales petrolíferas de Ras Lanuf, As Sidra, Zueitina y Brega, expulsando de ellas a las fuerzas de al-Jathran.

Con ese botín en sus manos, Hafter ha mejorado notablemente sus bazas de negociación, con más opciones para convertirse en un actor relevante en la búsqueda de soluciones al conflicto libio. Mientras que la milicia de Misrata, por ejemplo, está jugando la carta de mejorar su capacidad de influencia concentrando su esfuerzo en derrotar a Daesh en Sirte (donde los yihadistas ya solo conservan una zona de apenas un kilómetro de costa), Hafter ha optado por la carta energética. Considera que de ese modo, en un gesto que presenta como una opción desligada de intereses personales (a diferencia de lo que le supone a al-Jathran), refuerza su opción para ser reconocido, al menos, como la máxima autoridad militar en el GAN.

Queda por ver, sin embargo, si en el plano político es posible a corto plazo superar las dificultades que el GAN está experimentando para conseguir ser aceptado como la autoridad política única para toda Libia. Hasta ahora, la Cámara de Representantes (que, según el acuerdo de diciembre del pasado año, debería reconvertirse en el brazo legislativo del nuevo esquema de poder liderado por el GAN) se resiste a aceptar la autoridad del primer ministro Fayez Mustafa al-Sarraj al frente de dicho gobierno y la composición de un gabinete ministerial que no considera suficientemente representativo. Actualmente está en marcha una nueva ronda negociadora, moviéndose entre El Cairo y Túnez que, entre otros objetivos, explora la posibilidad de crear una entidad de supervisión militar sobre todos los efectivos armados y fuerzas de seguridad subordinados al GAN. El nuevo mariscal de campo aspira a convertirse al menos en la cabeza visible de dicha entidad. Nada le asegura de momento ese puesto, pero indudablemente ha mejorado su posición para lograrlo.

Entretanto, que sigan muriendo miles de personas en aguas del Mediterráneo central ya se ha convertido en una trágica rutina (aunque sean 11.000 en una sola semana, como ha ocurrido recientemente). Más allá de las palabras de rigor, no cabe prever que algo así vaya a modificar el tenebroso rumbo en el que Libia está empeñada desde hace demasiado tiempo.

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