Un momento Sputnik

Satélite Sputnik. Blog Elcano

(Sputnik en el Planetario de Madrid 01/ jgbarah – Flickr)

Ante el creciente poder de la Unión Soviética representado por el lanzamiento y la órbita del satélite Sputnik, el gobierno federal de los Estados Unidos decide impulsar la investigación y el desarrollo tecnológico con fines civiles y militares. En 1957 se crea la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados (ARPA), una organización con financiación pública cuya misión era la mejora cualitativa de la investigación aplicada. Aquel fue el origen de ARPANET, una tecnología pensada para ser flexible, descentralizada y reticular. La llegada de Internet, la aparición de la web como la conocemos ahora o las redes sociales son historia de sobra conocida.  La expresión ha sido recuperada en relaciones internacionales.  De hecho, el propio presidente Obama en el discurso del estado de la Unión en 2011 habló de la necesidad de incrementar las inversiones en biomedicina, tecnologías de la información y energías limpias, sobre todo mediante el apoyo a la investigación básica, la innovación y el libre comercio. “Es nuestro momento Sputnik”, dijo. Quizás el presidente se dejó llevar ante el impresionante programa Innovation 2020 de la Academia China de las Ciencias, cuyo objetivo es la promoción y el impulso de la investigación básica. El programa vincula la ciencia básica con las tecnologías, el crecimiento económico y la reducción de la dependencia exterior. Las siete áreas principales serán la energía nuclear, la medicina regenerativa, el carbón, la ciencia de los materiales, las tecnologías de la información, la salud pública y el medio ambiente.

En todo caso, el estudio de los efectos de las tecnologías y la innovación en las relaciones internacionales es apasionante. Akaev y Pantin explican en un reciente artículo cómo la irrupción tecnológica tiene dos fases. La primera consiste en los intentos del poder establecido por limitar los efectos o mantener el poder. La segunda es la renovación de las instituciones y el orden social de acuerdo con las posibilidades de las nuevas tecnologías. Aparecen nuevos poderes, modelos económicos e influyentes. La red ferroviaria cayó ante la industria pesada y la electricidad, que fueron sustituidos por la energía atómica y los transportes (avión y coches). En los noventa emergieron Internet, los nuevos medios y la microelectrónica. En cada una de esas olas, se movió el escenario internacional y cayeron los imperios tras un periodo de conflicto. ¿Les suenan la Santa Alianza, la guerra de Crimea, las Guerras Mundiales o la Guerra Fría? Las fechas coinciden con las olas tecnológicas y económicas.

¿Qué nuevo ARPANET se estará preparando? ¿Y qué país será quien lo lidere? Los indicios señalan la biotecnología, las nuevas fuentes de energía y un salto cualitativo en las tecnologías de la información (internet de las cosas, e.g.) como elementos disruptores que, sumados a la crisis financiera y a los conflictos en el Norte de África, pueden crear un nuevo panorama estratégico. Si estamos ante una nueva ola de Kondratieff, dispongamos de luces largas. Va a ser apasionante.

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