Triple alianza a favor de Al-Assad

Triple alianza a favor de al-Assad. De izda a dcha: Hassan Rohaní (Irán), Recep Tayyip Erdoğan (Turquía) y Vladimir Putin (Rusia). Foto: Kremlin.ru (CC BY 4.0). Blog Elcano

Triple alianza a favor de al-Assad. De izda a dcha: Hassan Rohaní (Irán), Recep Tayyip Erdoğan (Turquía) y Vladimir Putin (Rusia). Foto: Kremlin.ru (CC BY 4.0).

Por si fuera aún necesario hacerlo más visible, la reunión del pasado día 4 entre Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdoğan y Hassan Rohaní dejó definitivamente claro que Bashar al-Assad cuenta con una triple alianza que, a pesar de sus diferencias internas, está dispuesta a mantener su apoyo a Damasco hasta el final. Tanto Rusia como Turquía e Irán están tan convencidos de que Al-Assad es el vencedor neto de la guerra civil siria, como de que Estados Unidos carece de la voluntad necesaria para modificar el rumbo que los tres (y, sobre todo, Moscú) han trazado para llegar hasta aquí.

Eso es lo que les ha llevado en dicha reunión a difundir una declaración conjunta que perfila una solución política del conflicto. Mientras el proceso de Ginebra languidece sin remedio, el de Astaná cobra así nueva vida anunciando un programa que incluye concretar a corto plazo una fórmula de dialogo intra-sirio –que obviamente acepte la permanencia de Al-Assad–, mejorar los mecanismos de coordinación de su ayuda humanitaria y de la reconstrucción del país –mientras critican a la ONU y a todos los demás por su inoperancia–, crear un comité encargado de elaborar un nuevo texto constitucional, intercambiar prisioneros y facilitar el retorno de refugiados y, en un marco temporal que no debería ir más allá de finales de este año, celebrar un referéndum constitucional y nuevas elecciones.

Pero la agenda común no se agota en el caso sirio, sino que también busca consolidar su alianza, gestionando pacíficamente sus propias tensiones internas, para poder hacer frente en mejores condiciones a los adversarios comunes. En realidad son muchas las diferencias entre los compañeros de viaje que, principalmente, Putin ha logrado aunar. Por un lado, tanto la historia como la situación actual colocan a Ankara y Teherán en rumbo de colisión por sus respectivos sueños de liderazgo. Pero a ambos les resulta conveniente eliminar la amenaza del terrorismo yihadista en la región, tanto por librase de un actor que no duda en golpearlos directamente como por impedir que Washington cuente con un argumento para mantener o incrementar en algún momento su implicación militar en esas tierras. A Irán le preocupa también mantener a Siria en su área de acción para poder así extender su influencia directa hasta Líbano (a través de Hezbolá) y para poder sumar más bazas de retorsión ante Israel y EEUU.

Por su parte, Moscú tiene aspiraciones aún más altas. No se trata solo de conservar la base naval de Tartus, sino también de contar con Ankara como socio estratégico en su esquema de exportaciones energéticas hacia Europa y también como cliente (tanto vendiéndole gas, como una central nuclear o los avanzados sistemas antiaéreos S-400). De igual modo, ese interesado cortejo a su vecino turco le sirve para debilitar a una OTAN cada vez más activa en el intento por frenar la asertividad rusa. En definitiva, aun siendo conscientes de sus diferencias de criterio y de sus tensiones recíprocas, saben que juntos son más fuertes.

Frente a esa dinámica cada vez más visible, Estados Unidos envía señales cada vez menos creíbles. Si, por una parte, amenaza ahora con una respuesta militar al muy probable ataque químico realizado el pasado día 7 por las fuerzas del régimen en Duma (Guta Oriental), por otro anula fondos de ayuda a sus aliados locales y deja circular la idea de que podría retirar sus tropas de Siria antes de final de año. Aun en el hipotético caso de que Washington decidiera finalmente llevar a cabo alguna acción aérea como la que realizó hace un año tras una acción similar del régimen, nada indica que esté realmente dispuesto a aumentar su apuesta sobre el terreno. Hoy, ni en el terreno militar (con poco más de 2.500 efectivos de operaciones especiales desplegados) ni en el diplomático (ensombrecido por Rusia), cabe ver a Estados Unidos como un factótum capacitado para resolver a su gusto un conflicto en el que ha ido perdiendo peso.

Visto así, lo que cabe suponer es que Washington ha ido reduciendo su nivel de ambición, si se compara con etapas en las que se planteaba abiertamente el derribo del régimen de Al-Assad. En línea con el nuevo marco estratégico definido por la actual administración –que sustituye a la guerra contra el terrorismo por la competencia global con las principales potencias (China y Rusia) por el liderazgo mundial–, Washington parece optar por traspasar a algunos aliados locales (como Arabia Saudí) la tarea de estabilizar la región, sin olvidarse en todo caso de eliminar a Daesh y frenar la emergencia iraní.

En esa misma línea, su esfuerzo actual se centra en lograr algún tipo de arreglo para evitar que las milicias kurdas y sirias que ha empleado como carne de cañón local contra los yihadistas se sientan ahora abandonadas completamente a su suerte (con Turquía empeñada en evitar que puedan consolidar una zona autónoma en su frontera). Necesita evitar la imagen de mal aliado, dejando en la estacada a quienes primero armó, aunque solo sea por no cerrar una puerta a la que quizás mañana tenga que volver a llamar. Para completar su plan, Washington aspira también a que las milicias chiíes que han estado apoyando a Al-Assad durante estos últimos años, y sobre todo Hezbolá, salgan del país. Pero, en la práctica, Estados Unidos no está hoy en condiciones de imponer ninguna de esas condiciones. Solo puede esperar que Rusia sea sensible a sus demandas. Y eso no le va a salir gratis.

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