El Espectador Global, por Andrés Ortega

¿Sigue Hugo Chávez allí?

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Pancarta con los "ojos de Chávez" en la autopista Caracas - La Guaira. Foto: Julio César Mesa / Flickr. Licencia Creative Commons Reconocimiento-SinDerivados. Blog Elcano

Pancarta con los “ojos de Chávez” en la autopista Caracas – La Guaira. Foto: Julio César Mesa / Flickr. Licencia Creative Commons Reconocimiento-SinDerivados.

La lectura del decreto nº 2.323 en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela mediante el cual el presidente Nicolás Maduro Moros declaraba el pasado 13 de mayo el “Estado de Excepción y de la Emergencia Económica” es instructiva. No sólo porque en él se alude profusamente a conspiraciones extranjeras contra el régimen, se autorizan despliegues y ejercicios militares y se otorga responsabilidad en cuestión de “orden público y soberanía nacional” a los Comités Locales de Abastecimiento Popular (CLAP), que controlados por el régimen reparten los pocos alimentos y productos de primera necesidad que se importan. O porque dispone libremente del Tesoro. Sino porque en el segundo Considerando se habla de “la partida física del Presidente Hugo Chávez Frías, ocurrida el 05 de marzo de 2013”. Es decir (aunque la expresión ha sido utilizada en otras ocasiones), que de algún modo no físico sigue ahí.

Marx, en una sentencia famosa, escribió:

“Hegel dice en alguna parte que la historia se repite dos veces. Le faltó agregar: primero como tragedia y después como farsa.”

Pues bien. Maduro es la farsa de Chávez. Pero una farsa que se ha mutado en tragedia, y que previsiblemente va a tener mal final. La llegada de Hugo Chávez por las urnas (tras un anterior intento de golpe de Estado) se explicó por la corrupción y desigualdad anterior, aunque su régimen ha caído en una corrupción igual o peor y ha ocupado buena parte de las instituciones del Estado. Repartió dinero entre los más necesitados –hoy se llamaría “dinero lanzado por helicóptero” (helicopter money)–. Pero no invirtió en el futuro del país, pese a los ingentes ingresos del petróleo. Incluso echó de PDVSA, la estatal Petróleos de Venezuela, a casi todos los que sabían de la técnica y del negocio, y asfixió así a su propia gallina de los huevos de oro. Y ese país rico, si bien mal distribuido, cayó en el desastre autoinducido.

El caos alcanzó dimensiones inimaginables con la “partida física” de Chávez y la llegada, dirigida por el fallecido, de Maduro. Las colas para comprar papel higiénico y la falta de medicinas, de comida y de productos de primera necesidad están llevando al país al desastre y al sufrimiento de la población, con una inflación de un 720% este año, que se multiplicará por tres el próximo según el FMI. Por no contar los presos políticos como Leopoldo López. En este contexto, la oposición, variopinta pero organizada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), ganó ampliamente las elecciones parlamentarias en diciembre pasado, tras 17 años de un chavismo que siempre, a escala nacional, había ganado en las urnas (aunque controlando todos los resortes institucionales).

¿Qué salida tiene esto? La correcta, democrática y pacífica, sería la de un referéndum revocatorio previsto en la propia constitución bolivariana. Chávez se sometió a uno en 2004 y lo ganó, aunque la oposición alegó fraude. Pero esta vez el régimen, o el propio Maduro, está decidido a impedirlo porque sabe que lo perdería. Y para ello está usando o va a usar todos los resortes en su mano: la policía contra las manifestaciones, el Tribunal Supremo, que controla, contra el voto contrario al decreto por parte de la Asamblea Nacional, ahora dominada por la oposición. O un Consejo Nacional Electoral (CNE) que puede demorarse desesperadamente semanas o meses en su verificación de los 1,85 millones de firmas recogidas para convocar el referendo revocatorio.

Se están intentando mediaciones que establezca un diálogo sobre política y sobre economía. En nombre de Unasur, los ex mandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, el panameño Martín Torrijos y el dominicano Leonel Fernández lo están intentando. El español ha señalado que hay voluntad, pero, realista, también ha advertido que “el camino será largo y difícil”. Hay muchos intereses creados en juego. Algunos piden que medie China, a la que Venezuela debe 65.000 millones de dólares a cambio de petróleo. O la OEA. El régimen se ha quedado sin aliados o al menos sin algunos amigos como Cristina Kirchner en Argentina y Dilma Rousseff en Brasil, suspendida de un modo que Maduro ha estudiado detenidamente.

Quien puede influir es Cuba, que tira de muchos hilos en todo el régimen chavista, aunque desconozco qué habló al respecto con el presidente Raúl Castro el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, en su reciente viaje a La Habana. Pues Venezuela sigue siendo una de las pocas palancas de poder regional que le queda al régimen castrista, que ahora está normalizando sus relaciones con EEUU y con Europa.

El diálogo es necesario para buscar una salida pacífica y democrática. Hay un peligro del que se habla cada vez más abiertamente en Caracas y que incluso el líder de la MUD, Henrique Capriles, ha invocado aunque no apoyado: que las fuerzas armadas intervengan y depongan a Maduro y a su equipo. Pese a los años transcurridos, la política de depuración y de ascensos, y haber ganado poder económico –y con su decreto, Maduro les ha dado aún más poder–, no todos los militares son chavistas, menos aún maduristas… Muchos seguramente no soportan ver ese caos, una inseguridad creciente no sólo en el campo sino en las ciudades –Caracas se ha convertido en una de las urbes más peligrosas de América Latina– y esa desastrosa gestión del presidente y de su gobierno. Mas tampoco hay que equivocarse: si intervienen, los militares no necesariamente le van a quitar el poder a Maduro para dárselo a la oposición.

La presión está aumentando. La filtración de un informe de EEUU alertando de una “implosión” no es casual, pero su tesis tampoco anda descaminada.

 

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