Rafael Nadal, El Quijote y Marca España

La casualidad ha querido que el mismo día en que el tenista Rafael Nadal fuese proclamado, una vez más,  el mejor del mundo, la OCDE diese a conocer el dato de que el español medio no entiende El Quijote porque está a la cola de los  países avanzados en competencias básicas como la comprensión lectora y habilidades matemáticas. Tampoco en este caso se trataba de una evidencia nueva: los datos del estudio PISA año tras año registran los malos resultados de nuestros jóvenes.

Evidentemente estamos ante una noticia buena y otra mala para España… ¿pero lo son también para la Marca España? No está de más recordar que los éxitos de Nadal y los fracasos educativos de nuestro país son objetivos,  y que otra cosa es cómo se perciben fuera esas realidades.

Rafel Nadal, El Quijote y Marca España. Javier Noya. Blog Elcano

(imagen vía Flickr mirsasha

En el caso del deporte, por las encuestas y análisis de prensa sabemos que se nos considera una potencia deportiva por muchos factores. Acaso por ello son tan virulentos los ataques de otras potencias destronadas como Francia, que airean las acusaciones de dopaje para ensombrecer nuestros éxitos. Por lo tanto, el liderazgo de Nadal, siendo muy meritorio, no aporta nada nuevo a la imagen de España.

¿Qué sucede con los informes de la OCDE? Fuera, a España no se le ve como  los EEUU, Japón o Alemania, es decir, no tiene imagen de potencia científica y tecnológica, pero tampoco se le sitúa en el pelotón de cola en tanto en cuanto es un país europeo y tiene empresas punteras como Indra y Repsol. Por lo tanto, en la medida en que trasciendan en el exterior los datos sobre la incultura literaria o matemática de los españoles, el impacto de este fracaso será mayor que el del éxito de Nadal. No es una buena noticia para los jóvenes españoles cualificados que buscan empleo en Alemania o para las empresas tecnológicas de nuestro país en su búsqueda de contratos en el mundo.

Las lecciones a sacar son meridianamente claras. Mientras España ha dedicado una década y unos cuantos millones de euros en intentar traer de nuevo a nuestro territorio unos Juegos Olímpicos, no se ha esforzado con la misma intensidad en dar a conocer los logros de nuestros investigadores dentro y fuera de España, ni los éxitos de nuestras empresas en sectores intensivos en I+D+i, que las hay y tan competitivas como las extranjeras. El problema es que no se conocen: la solución es una política de Estado que proyecte esos logros para mejorar nuestra imagen en ese aspecto.

Con esto no quiero decir que haya que abandonar el deporte para volcarnos en la ciencia y la tecnología. Lo lógico sería utilizar lo primero para lo segundo. Hay deportes de elites y de masas en los que España es líder y que resulta que tienen un componente tecnológico importante: la vela y el automovilismo, por poner sólo dos ejemplos. Tampoco olvidemos que en las zonas VIP del Bernabeu o del Camp Nou  se puede vender la tecnología española a sus distinguidos visitantes. Estamos hablando de  iconos y recursos a utilizar para proyectar una mejor imagen no en el deporte sino en la ciencia y la tecnología.

Sigamos siendo una potencia deportiva, pero no nos quedemos ahí. Por favor,  aprovechemos esa ventaja competitiva para vender otros aspectos no tan conocidos de España. La estrategia ya funcionó con la gastronomía y el arte. ¿No hay una cátedra española en Harvard gracias a Ferran Adrià y su I+D+i en los fogones?  ¿Acaso Gaudí no ha servido de trampolín a jóvenes arquitectos e ingenieros españoles en todo el mundo?

Siendo grave que los españoles no puedan leer El Quijote, aún lo es más que los extranjeros sólo nos conozcan por esa gran obra literaria, ignorando la ciencia y la tecnología españolas que ya mejoran sus vidas en todo el mundo. Tienen que saberlo. Al final, el objetivo es que un alemán o un inglés piensen que El Quijote del siglo XXI ya no viaja a lomos de Rocinante, sino cómodamente en un tren de alta velocidad español; o que los monstruos a los que se enfrenta en desigual batalla no son molinos de viento, sino las “plantaciones” de energía eólica que repueblan nuestra geografía.

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