Querer no es poder. O al menos no es fácil que lo sea

Querer no es poder. Rueda de prensa de Angela Merkel y Emmanuel Macron en Berlín (15/5/2017). Crédito: Bundeskanzlerin.

Rueda de prensa de Angela Merkel y Emmanuel Macron en Berlín (15/5/2017). Crédito: Bundeskanzlerin.

Hace apenas un par de semanas que Francia tiene un nuevo presidente, Emmanuel Macron. La llegada al poder de Macron se ha producido tras un proceso electoral especialmente complejo, a lo largo del cual todas las piezas del establishment político (Hollande, Valls, Sarkozy, Juppé o Fillon) fueron cayendo una a una de manera irremediable, dejando la puerta abierta a alguien que se ha caracterizado a lo largo de la campaña por hacer bandera de dos cuestiones que han estado tradicionalmente alejadas de las prioridades de los franceses: la puesta en marcha de reformas de calado en Francia y los avances en la integración europea.

En el ámbito de la integración es difícil hacer más gestos en menos tiempo. Siendo consciente de la debilidad francesa de los últimos años en el tradicional eje de construcción comunitaria franco-alemán, el presidente Macron ha decidido poner toda la carne en el asador desde el principio. Amén de un programa electoral muy europeísta, ya antes de la campaña fue a Alemania a defender la necesidad de llevar a cabo progresos significativos en la integración comunitaria. En su toma de posesión abogó por una relanzar la Unión Europea, llegando a hablar de una “refundación histórica” de Europa en su primera visita al país germano como presidente, donde se reunió con la canciller Angela Merkel.

Además, su voluntad de cambio de rumbo en la política europea es plenamente visible en el nombramiento de su primer gobierno, como atestigua el caso de Bruno Le Maire, nuevo ministro de Economía francés y, por tanto, la contraparte de Wolfgang Schäuble. Le Maire, además de ser conocedor de la política europea al haber sido ministro de Agricultura anteriormente (se trata de un ministerio con especiales vínculos con Bruselas por la PAC), es un político con un buen dominio del alemán, cuestión que a ciencia cierta facilitará la comunicación con Schäuble.

Aparte de Le Maire, sobresale el caso de la muy europeísta y diputada al Parlamento Europeo, Sylvie Goulard, quien ha sido nombrada ministra de los Ejércitos (o de Defensa, en su anterior denominación), una de las áreas en la que se esperan avances sustantivos en el proceso de integración próximamente. De igual forma, destaca el de Jean-Yves Le Drian, quien venía de ser ministro de Defensa y ahora es ministro de Europa y Asuntos Exteriores (interesante denominación europeísta para el ministerio).

Asumiendo que el interés de Macron por reformar la Unión Europea es genuino (no hay motivos en principio para pensar lo contrario), no parece del todo sencillo que vaya a conseguir sus objetivos. Se enfrenta, en primer lugar, a la posible inestabilidad de la Asamblea francesa. Las elecciones legislativas tendrán lugar en junio y Macron tiene muy difícil controlar la cámara. Por ese motivo ha intentado atraer a sus filas a los republicanos moderados con la elección de Edouard Philippe como primer ministro.

Pero es que además ha de ser capaz de convencer, no solamente de cara a las elecciones, sino también después, de que cuestiones como controlar el déficit o llevar a cabo reformas liberalizadoras en la economía francesa son necesarias. Recordemos en este sentido que un porcentaje muy elevado de los que votaron por Macron no lo hicieron entusiasmados por su programa electoral, sino como mal menor ante la posibilidad real (aunque pequeña) de que Marine Le Pen se hiciera con la presidencia del país. En cualquier caso, Macron sabe perfectamente que Francia no será capaz de ganarse el respeto frente a Alemania si no hace los deberes en casa.

El tercer elemento de dificultad estriba, precisamente, en convencer a Alemania de lo imprescindible de dar un salto cualitativo en algunas cuestiones que, hasta la fecha, han sido anatema para el país germano, sobre todo en el ámbito de la integración económica. Macron sabe que, en principio, le sería relativamente más sencillo persuadir a alguien como Martin Schulz de estas cuestiones, pero las opciones del líder socialdemócrata de convertirse en canciller se están evaporando en las últimas semanas.

Por tanto, tendrá que trabajar con la hipótesis de un nuevo gobierno de Merkel, con lo que a priori no deberían esperarse demasiadas transformaciones respecto a su política europea, aunque el líder galo jugará la carta del temor a que el populismo euroescéptico se haga más fuerte si no hay cambios. Hay que señalar en ese sentido que ya hay una primera iniciativa en forma de creación de un grupo de trabajo bilateral franco-alemán, que presentará sus resultados pronto, antes de un encuentro conjunto en julio. De todas formas, bien harían ambas partes en entender que en este momento del proceso de integración no es suficiente con el eje franco-alemán, sino que hay que escuchar las voces de los 25 restantes (tras la marcha británica) y articular soluciones compartidas entre todos, aunque sea más que probable la consolidación de una integración diferenciada en algunas áreas.

De lo que se promete a lo que se intenta hacer hay un trecho, pero de lo que se intenta a lo que se consigue, mucho más. Ciertamente Macron parece muy dispuesto a darle un impulso a un proceso de integración al que no le sobran políticos especialmente europeístas en estos momentos, pero no todo depende de él, ni mucho menos. En primer lugar, habrá que ver el apoyo del que goza en la cámara legislativa francesa. A continuación, tendrá que trabajarse el favor de la opinión pública de su país, tradicionalmente reticente a hacer reformas. Por último, deberá convencer a Alemania de que esta vez va en serio interna y externamente. Y todo ello sin olvidarse del resto de socios comunitarios. Ardua tarea por delante.

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