“No es el 2%, ¡son las relaciones transatlánticas, estúpidos!”

Donald Trump y Jens Stoltenberg en la pasada cumbre de la OTAN de julio de 2018. Foto: NATO North Atlantic Treaty Organization (CC BY-NC-ND 2.0). Blog Elcano

Donald Trump y Jens Stoltenberg en la pasada cumbre de la OTAN de julio de 2018. Foto: NATO North Atlantic Treaty Organization (CC BY-NC-ND 2.0).

El presidente Trump acudió a Cumbre de la OTAN de julio en Bruselas con un objetivo único: afear a sus aliados el limitado gasto en defensa y reclamar el 2% acordado en Gales o, incluso, doblar la apuesta hasta el 4%. En su papel de acreedor y patrón,  Trump no se dio cuenta de que el principal problema de la OTAN no es que sus aliados se gasten el 2% sino la erosión de las relaciones transatlánticas que la sustenta.

El 2% no es un buen indicador de contribución a la OTAN. Países que cumplen con el objetivo presupuestario del 2% no aportan mucho valor militar a la OTAN. En el gráfico 1 se compara la contribución militar de los dos primeros países europeos “buenos pagadores” con los dos últimos “morosos” –excluido Luxemburgo– según la contabilidad OTAN. El gráfico también refleja la capacidad de proyección de los cuatro países medida en el número de tropas desplegadas en el extranjero y los medios militares de proyección. La comparación muestra que los “morosos” aportan más capacidad militar a la OTAN que los “buenos pagadores” (el 2% de casi nada es nada).

explora.globalpresence.realinstitutoelcano.org/es/quotes/iepg/military_global/ES,BE,GR,EE/ES,BE/2017

Gráfico 1. Presencia militar comparada de “buenos pagadores” (Grecia y Estonia) y “morosos” (Bélgica y España) según el criterio del 2%. Fuente: Índice Elcano de Presencia Global, Real Instituto Elcano.

Tampoco es cierto que todo lo que Estados Unidos se gasta en defensa beneficie a la OTAN. El presidente Trump se queja de que Estados Unidos sufraga más del 70% de los gastos de la OTAN y sus aliados se aprovechan del gran esfuerzo estadounidense en defensa (3,5% del PIB) para defender a Europa.  Según el estudio del Center for Strategic and International Studies (CSIS) de Washington D.C. sobre reparto de la carga en la OTAN de 23 de julio de 2018, no existe ninguna fuente creíble que avale la cifra del 70% que maneja alegremente Trump. El Departamento de Defensa no ha cuantificado esa contribución en ningún documento conocido y, por tanto, la cifra es especulativa. Sí que está contabilizada, según el mismo estudio, la cifra de tropas estadounidenses en Europa (65.123) y su porcentaje sobre el total (5%).

Una cifra similar al porcentaje del presupuesto que dedica Estados Unidos a Europa según el cálculo del Instituto de Estudios Estratégicos e Internacionales (IISS) de Londres de julio de 2018. Según las cuentas del IISS, Estados Unidos dedica solamente unos 30 de los 600 billones de dólares totales de su presupuesto de defensa a Europa, entre el 5,1% y el 5,5% del total, que no casa con el relato (léase cuento) de sus tuits según el cual los europeos nos defendemos a su costa. Las cifras del cuadro 1 desglosan la finalidad del gasto, incluyendo los que corresponden a la cuota fija de la OTAN, los de las tropas –incluidas las desplegadas en el este tras la invasión rusa de Crimea– y los fondos de asistencia militar. Con el 5% de su presupuesto nos defiende a los europeos, pero también a los Estados Unidos como parte de la OTAN y costea la proyección global de sus fuerzas desde las bases europeas (no es para la OTAN todo lo que reluce y reluce poco).

Cuadro 1. Finalidad del gasto militar de EEUU

Concepto del gasto (en billones de dólares) US$ 2017 US$ 2018
Contribución directa a los gastos OTAN (22.1%) 6,96 6,87
Coste de las tropas desplegadas en Europa 20,3 24,4
Ayuda Militar a aliados europeo 0,05 0,02
Total 27,31 31,29

Alegar que Estados Unidos subvenciona con sus 600 billones la defensa europea es tan demagógico como decir que los europeos dedican los 200 billones suyos a defender a Estados Unidos en Europa, ya que una gran parte de esos fondos se invierten en defensa del interés nacional, del de la UE o de Naciones Unidas. Igualmente demagógico, es dar a entender que un mayor esfuerzo presupuestario europeo –llegar al 2% o al 4%– reduciría el presupuesto militar de Estados Unidos (un presupuesto que se acaba de incrementar 82 billones de dólares para 2019 respecto al anterior y ronda ya los 716 billones a pesar del déficit). Una mirada al cuadro anterior permite comprender que el ahorro neto de una retirada estadounidense de Europa sería mucho menor que el coste de realojar las tropas en otro emplazamiento estratégico. Por último, el mismo presidente que “sólo” invierte en Europa unos 30 billones de dólares se jacta ante los medios de comunicación de que gracias a sus presiones, los aliados europeos han aumentado sus compromisos financieros en una cifra similar de 33 billones. Por lo tanto, el 2% no es “el” problema de la OTAN, porque la contribución se puede medir de muchas maneras y puestos a repartir estrictamente la carga, también deberíamos repartir estrictamente las responsabilidades, porque el mango de la sartén de la OTAN ha estado siempre en manos americanas.

Lo que sí es “el” problema de la OTAN es la erosión de las relaciones transatlánticas. Durante la Guerra y la posguerra Frías, la credibilidad y solidaridad de la OTAN se ha apoyado en la comunidad de valores, intereses y principios compartidos a ambos lados del Atlántico. Pero poco a poco, cumbre a cumbre, esas relaciones se han ido desdibujando hasta el punto que resulta difícil reconocerlas en la actualidad.

El fallecido sociólogo Zygmunt Bauman acuño el término de “sociedad liquida” para definir una sociedad como puede ser la transatlántica donde lo que cambia (fluidos) crece a costa de lo que permanece (sólidos). La OTAN ha sido un edificio sólido con sus cimientos bien asentados en las relaciones transatlánticas. Sin embargo, esas relaciones se han visto sujetas a un proceso acelerado de licuefacción, de disolución de las sólidas lealtades, compromisos y confianza que las caracterizaba. Por un lado, las sociedades actuales no comparten ya las mismas bases demográficas, culturales y sociológicas de las generaciones pasadas. Las actuales no tienen ya conexión emocional con la Segunda Guerra Mundial o con la Guerra Fría, y los políticos, militares y diplomáticos que se socializaron en las relaciones transatlánticas se han marchado y quienes les reemplazan tienen otros valores, prioridades y prejuicios en sus agendas. Algo similar le ha ocurrido al orden liberal vigente y al mundo occidental que un día colideraron estadounidenses y europeos: la democracia vacila, el proteccionismo arrecia, la geopolítica y la geografía han vuelto. Como resultado, las relaciones fuertes del pasado se han vuelto líquidas y el sólido edificio de la OTAN se bambolea a merced de la licuefacción.

Pero, por otro, la liquidez está penetrando en la OTAN y amenaza con diluirla como un azucarillo. Los cambios descritos han acentuado las divergencias entre los aliados a propósito del uso de la fuerza, la estrategia frente a Rusia, la proliferación nuclear en Irán o el reparto de cargas y responsabilidades, entre muchas otras. Mantienen su solidez las estructuras de mando, los despliegues adelantados, los planes de refuerzo, los ejercicios y el alistamiento (readiness) de las fuerzas de alta disponibilidad, la ciberdefensa, la lucha contra el terrorismo internacional y la defensa contra misiles balísticos, también entre otros. Pero esos activos de la OTAN, reforzados durante la última Cumbre de Bruselas, han pasado desapercibidos para la atención pública que sólo tenía ojos para el dichoso 2%.

La distracción evita que los aliados y sus sociedades tomen conciencia de que las relaciones transatlánticas nunca volverán a ser como eran. Se han disuelto y fluyen buscando una nueva configuración. Y se reconozca o no, las relaciones transatlánticas dejarán de ser las relaciones sólidas que han sido para convertirse en “conexiones” ocasionales y fluidas. Los aliados reactivarán esas conexiones cuando sea necesario articular una coalición (como por ejemplo, la Coalición Global contra Daesh), legitimar una acción (Kosovo) o subcontratar la gestión de una crisis (Libia), y la OTAN se convertirá en la caja de herramientas para hacerlo. Esta percepción ya se ha instalado al otro lado del Atlántico, pero los aliados europeos se han contentado con sobrevivir a las cumbres sin querer oír lo que los líderes de Estados Unidos les transmiten una y otra vez: que ellos ya no entienden las relaciones de la misma forma que los europeos. El 2% es un efecto de lo anterior y no su causa, el verdadero reto es el de salvar lo que se pueda de las relaciones transatlánticas.

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