El Espectador Global, por Andrés Ortega

El mal negocio del Brexit: pérdida de soberanía

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Michel Barnier y Donald Tusk durante la entrega del borrador del acuerdo sobre el Brexit (15/11/2018). Foto: ©European Union.

Michel Barnier y Donald Tusk durante la entrega del borrador del acuerdo sobre el Brexit (15/11/2018). Foto: ©European Union.

Puede que el pre-acuerdo sobre el Brexit alcanzado por los negociadores del Reino Unido y de la UE sea el mejor de los posibles, como han apuntado tanto Theresa May como Michel Barnier. Más bien, es el menos malo, porque como indicó Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, éste ha sido un ejercicio de control de daños en el que todos pierden, el Reino Unido y la UE. Peor sería, lo que no se puede descartar aún, una falta de acuerdo y una salida el 29 de marzo próximo a las bravas (aunque se puedan negociar aspectos parciales temporales para limitar el caos). Sería un suicidio económico para los británicos y un grave perjuicio para los 27, que nadie quiere. Pero el acuerdo perfilado no deja de ser un mal negocio. Desde luego para Londres, que se enfrenta a lo que Rafael Behr ha llamado un “futuro inferior”. Pues, paradójicamente cuando el Brexit aspiraba a lo contrario, va a producir una pérdida de soberanía para el Reino Unido, en vez de compartirla y potenciarla con la pertenencia a la Unión. Esto lo han entendido tanto los más acérrimos Brexiters, como, desde luego, los Remainers, los partidarios de seguir en la Unión.

La necesidad de evitar la reinstalación de una frontera dura entre Irlanda del Norte y la República, y de preservar a la vez la unidad territorial y de mercado del Reino Unido ha llevado a Londres a tener que aceptar permanecer en una unión aduanera con la UE, sobre la que las instituciones de Bruselas y Luxemburgo seguirán teniendo la última palabra, además de otras palabras intermedias sobre su regulación. Londres tendrá que conformarse con las reglas comunitarias y someterse en última instancia al Tribunal Europeo de Justicia. Unas “clausulas de no regresión” impedirán que los británicos reduzcan sus estándares en materia social, de empleo o medioambiental, entre otras. Bruselas se ha asegurado incluso la llave sobre su duración más allá del período transitorio hasta 2020, ampliable, si no se encuentra otra solución para la cuestión irlandesa. Puede ser una unión aduanera para siempre, una Brexiteternidad de hecho que, además, dificulte que Londres negocie acuerdos comerciales con países terceros. Los servicios financieros de la City, tan esenciales para la economía británica (más del 10% del PIB), quedarán a medias, con un sistema equivalente al de las entidades de EEUU y Japón.

Estos días ha resurgido en el Reino Unido la expresión “vasallaje” respecto a Bruselas. No es sorprendente la irritación de los Brexiters, aunque desde el principio debían saber que la salida apuntaba en esa dirección. Tampoco satisface a los partidarios de permanecer, pues consideran que para ese viaje no hacían falta estas alforjas. Hay una sensación de fracaso en el Reino Unido que algunos comparan con el desastre de la expedición naval a Suez en 1956 que marcó el fin del espejismo de la hegemonía británica y del imperio. Sin embargo, un acuerdo posible no podía satisfacer a ninguna de las partes. Esa ha sido la habilidad de May, aunque aún tiene que pasar la prueba de la ratificación en el Parlamento británico, que no está, ni mucho menos, garantizada, a juzgar por el debate en los Comunes el pasado 15 de noviembre. May jugará con el liderazgo y con la muy thatcheriana TINA (There Is No Alternative). Si no lo logra, previsiblemente caerá o tendrá que convocar unas elecciones que, hoy por hoy, ganarían los laboristas, que por eso las quieren provocar. Estos tienen un enfoque confuso pero diferente que no excluye la posibilidad de un segundo referéndum, aunque no lo llamen así. Ese, más que el motín en curso en las propias filas conservadoras, será el momento más delicado para May y para el Brexit.

No era una tarea fácil para los negociadores británicos. La UE estaba en una posición de fuerza, contando además con la unidad de los 27 y las potentes instituciones. Londres ha tenido un solo interlocutor a lo largo de estos años, Barnier, que ha llevado bien unas negociaciones sumamente complejas, rechazando de plano desde el principio trocear las cuatro libertades sobre las que se basa la Unión: de movimiento de trabajadores, capitales, bienes y servicios. La UE mantiene su soberanía frente al Reino Unido. Ha dejado a Madrid que negociara sobre Gibraltar un acuerdo razonable que habrá que ampliar de cara al estatuto permanente de la relación del Reino Unido en la Unión, y a Chipre sobre las bases militares británicas en la isla. Y, sobre todo, ha defendido los intereses irlandeses y la preservación del proceso de paz en el Ulster. Ha dejado claro lo costoso que resulta separarse y reivindicar más soberanía, cuando la realidad es que se pierde. Pero la UE también pierde con esta salida: en peso geográfico, demográfico, económico y militar, aunque se prevean estrechas relaciones con el Reino Unido en materia de seguridad interior y exterior. Peor sería para la UE –incluidos los intereses españoles– que no hubiera acuerdo. Nada está aún garantizado y no hemos salido aún de la montaña rusa del Brexit.

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