Lecciones para hackear la diplomacia

Estamos ante el final de la diplomacia. Sí, otra vez. Porque cada vez que emerge y se consolida una herramienta o una tecnología novedosa, algún autor indica que estamos ante una revolución, el final de una era o algo parecido. No estoy de acuerdo. A menudo, en ciencias sociales, los efectos son incrementales. Ahora, cuando parece que estamos ante un nuevo momento Sputnik, la diplomacia tiene la oportunidad de innovar y aprovechar la tecnología para el mejor cumplimiento de los propios objetivos diplomáticos. A esto le denominamos “hackear la diplomacia” y consiste en la modificación, la reconfiguración y la reprogramación de las actividades profesionales para pensar y ejecutar una estrategia acorde al nuevo entorno estratégico. Hay que intervenir y transformar la forma de organizar el servicio exterior, de establecer las relaciones exteriores con los ciudadanos y, en síntesis, de hacer diplomacia.

En los últimos diez años, hemos aprendido algunas lecciones sobre cómo orientar la tecnología hacia la consecución de objetivos diplomáticos. En el seminario “Public Diplomacy: a Foreign Policy Challenge” la experiencia de cinco embajadores y otros tantos profesionales de organizaciones internacionales nos dejaron algunas ideas fundamentales. Son las siguientes.

La diplomacia pública es una palanca de cambio, no un objetivo en sí mismo. Tampoco tuitear es una estrategia. Es una innovación que transforma la diplomacia convencional y que permite la consecución de determinados objetivos. En un entorno abierto y transparente, la tecnología acelera este proceso cuando uno tiene claros los objetivos de la acción exterior. Para eso se requiere un sistema de gobernanza adecuado al nuevo entorno.

La diplomacia actual prima el contacto con las audiencias públicas antes que las conversaciones secretas. Sí, la confidencialidad y la discreción son esenciales, pero ahora es contingente ampliar el radar y localizar nuevos influyentes. Me gustó la idea de James Pamment: a las cenas con el Embajador también hay que invitar a tuiteros y blogueros. Pueden ser tan relevantes como periodistas, políticos, representantes sociales o profesores y nos permite conectar con otras audiencias. Cuando el 45% de la población tiene menos de 26 años y vive en las redes sociales, estar ausente te hace más débil.

Las personas importan más que la tecnología. Por eso, no abogo por un diplomático tuitero, que escribe en Wikipedia, programa en html5 y además resuelve dudas consulares, resuelve conflictos e intercede por las inversiones exteriores. Tampoco creo que exista una “nueva diplomacia” frente a la “vieja”. Creo que el reto de los Ministerios de Exteriores consiste en la creación de equipos con habilidades y competencias propias del ámbito digital. El nuestro, el MAEC, ha formado ya a más de 200 profesionales. También el Foreign Office el Auswärtige Amt y otros tantos. Un buen lema es aquello de “escribir menos cables, pero estar mejor conectados”.

La gobernanza de Internet sí importa. Suecia lidera, entre otros, un movimiento por las libertades en la red. Con este liderazgo, la visibilidad y la influencia del gobierno sueco está por encima de sus capacidades (militares o económicas, cualesquiera sea la dimensión de hard power). También Brasil da pasos al frente en la defensa de los derechos individuales. Hay varios frentes abiertos en el trilema de la diplomacia red: la libertad y la seguridad; la transparencia y la confidencialidad; y la defensa de la libertad de expresión frente al discurso del odio. No se pueden conciliar las tres variables al mismo tiempo. Por eso se requiere una geoestrategia digital.

Esto no es un club. No puede imponer sus normas, ni limitar el acceso ni nada parecido. El monopolio de la acción exterior mengua. Estamos ante el fenómeno de la diplomacia en red que consiste en la reorganización del servicio exterior, la naturalización de la diplomacia abierta, la formación en nuevas capacidades y toda una serie de novedades para las relaciones internacionales. Ahora, que nos enfrentamos a la redacción de una estrategia de acción exterior, haríamos bien en tener en cuenta estos asuntos. La defensa de los intereses no va a ser fácil.

En suma, sí, esto es el final de la diplomacia (de nuevo). Porque no existe otra profesión que se haya reinventado tanto tantas veces. Por eso estoy persuadido de la necesidad de hackear la diplomacia para que se sumen nuevas capacidades y se reajuste el viejo lema de Edward P. Murrow: “The real crucial link in the international exchange is the last three feet, which is bridged by personal contact, one person talking to another”. En cómo hagamos esto y cómo aprovechemos las tecnologías para la consecución de los objetivos diplomáticos residirá la innovación.

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