La UE y la Unión Euroasiática: ¿competidoras o complementarias?

Eurasian Economic Union - EU Eastern Partnership. Unión Económica Euroasiática - Asoaciación Oriental UE. Blog Elcano

(Unión Económica Euroasiática – Asociación Oriental UE)

Para Rusia se trata claramente de una cuestión de competir: o la UE o la Unión Euroasiática, y ni Ucrania ni otros países en la “vecindad compartida” pueden pertenecer a ambos mundos. Rusia incluso ha llegado a recurrir a la fuerza militar para recalcar su posición al respecto. El objetivo de Moscú es recuperar el control sobre Ucrania y los otros países de la región cuyas miradas empezaban a dirigirse hacia el oeste. Esta es la esencia del conflicto ucraniano.

Pero no ha sido siempre así. Rusia no siempre se ha opuesto a unas relaciones más cercanas entre Europa Oriental y la UE. En 2004 el presidente Putin dio su beneplácito a la idea de una Ucrania integrada en la Unión, afirmando que sería beneficiosa también para Rusia. Y en años recientes Bruselas ha intentado repetidamente incluir la Asociación Oriental y los acuerdos de asociación en la agenda de las cumbres bianuales entre la UE y Rusia. Esta última sencillamente no mostraba ningún interés y por eso muchos en la UE pensaron que mientras que a Rusia no le satisfacía el acuerdo de asociación tampoco se opondría a él con demasiada firmeza.

Sin embargo, ya había indicios de lo que depararía el futuro. En 2011 Moscú creó su propio proyecto integrador, formalmente siguiendo el modelo de la UE: la Unión Euroasiática o, mejor dicho, la Unión Económica Euroasiática. Pero hasta el verano pasado no había indicios de que Rusia iría mucho más lejos, arriesgándose así a provocar un conflicto con Occidente. La opinión generalizada ha sido siempre que Rusia se opone a la OTAN en su vecindad, pero no a la UE. Se esperaba una reacción rusa, pero desde luego no que se tratara abiertamente de una agresión militar.

¿Cómo se ha visto involucrada la UE en este conflicto? La Asociación Oriental, el marco del que surgieron los Acuerdos de Asociación, fue una iniciativa polaca. Polonia quiere lo que quiso Alemania y que consiguió hace años: una vecindad estable en el este. La inestabilidad en su vecindad oriental, en Ucrania, se consideraba potencialmente peligrosa para Polonia y la asociación con la UE se consideró una forma de estabilizar tanto Ucrania como otros países de Europa Oriental.

Por este motivo, Radek Sikorski diseño la iniciativa y la presentó al ministro alemán de Exteriores Steinmeier en 2008. La respuesta de Steinmeier fue negativa –en ese momento trabajaba con Moscú en una asociación para la modernización–. En consecuencia, Sikorski recurrió al ministro sueco de Exteriores Carl Bildt y juntos presentaron la Asociación Oriental al Consejo de Asuntos Exteriores de la UE –a los ministros de Exteriores de la UE–, que respondieron positivamente.

Así se convirtió la Asociación Oriental en una política oficial de la UE. Sin embargo, desde el inicio fue una política débil puesto que los grandes Estados miembros, primero Alemania pero también Francia y otros, no la apoyaron con ninguna convicción. Dejaron la política a Bruselas, a la Comisión y posteriormente también al Servicio de Acción Exterior. Berlín no se responsabilizó de la iniciativa, ni Merkel le puso las cosas claras a Putin ni en 2010, ni en 2011 o 2012, mucho antes de que estallara el conflicto.

Para la UE, para la mayoría de Estados miembros, no había ninguna incompatibilidad entre Rusia y la integración europea, puesto que no existía ninguna presión por parte europea. La Asociación Oriental tenía poca financiación y no presentaba ninguna perspectiva de integración. Había motivos obvios: ninguna capital europea deseaba fomentar la tensión con Rusia a causa de Ucrania. Simplemente, preferían que la situación se mantuviera tal cual, mientras que no preveían que el Acuerdo de Asociación cambiara gran cosa. La verdad es que Occidente no tenía mucho interés en sus vecinos del este y la Asociación Oriental suponía una forma amable de manifestar esta opinión.

Durante dos décadas Occidente había otorgado implícitamente a Rusia una zona de influencia en el espacio post-soviético. Tanto la UE como EEUU tenían una política de Rusia primero, sin importarles demasiado ni Asia Central, ni el Cáucaso Sur ni países como Bielorrusia, Ucrania y Moldavia.

Cuando en 2013 Armenia súbitamente puso fin a sus negociaciones con la UE sobre un Acuerdo de Asociación al anunciar el presidente Sargsyan que Armenia se incorporaría a la Unión Económica Euroasiática –el grupo ruso–, nadie en la UE se opuso o intentó convencerles de lo contrario. Casi fue un alivio en las capitales europeas, pues no había ningún deseo de cambiar nada en el espacio post-soviético. La UE deseaba sobre todo la estabilidad y esto suponía no alterar un orden establecido por Moscú en el espacio post-soviético, aunque esto supusiera de facto una soberanía limitada para los países en cuestión.

La UE, sobre todo la mayoría de los países de Europa Occidental, no mostró un gran interés en la región, pero a esta última sí le empezó a interesar cada vez más la UE, especialmente tras las revoluciones de colores. Fue el poder del pueblo el que condujo a un aumento de las tensiones entre varios de estos países y Rusia y fue el poder del pueblo el que obligó a Occidente a involucrarse, pero desde luego no fue la geopolítica occidental.

httpv://youtu.be/2h61eLCsB_k
Video: “The EU-Russia conundrum: contrasting visions for the neighbourhood”

Ucrania es un buen ejemplo de todo esto. Cuando, poco antes de la cumbre de Vilna en otoño de 2013, el presidente Yanukóvich declaró que no firmaría el Acuerdo de Asociación y que Ucrania se pasaría al bando ruso, a la mayoría de las capitales europeas no pareció disgustarles: si lo quiere Rusia, que se lo quede. Pero entonces, ante la sorpresa generalizada, ocurrieron los acontecimientos del Euromaidán. De repente aparecieron muchedumbres en la plaza principal de Kiev agitando banderas europeas. Para estos ciudadanos el Acuerdo de Asociación y el Deep and Comprehensive Free Trade Agreement (DCFTA) suponía la única esperanza de escapar de un régimen extremadamente corrupto que, con apoyo ruso, estaba saqueando el país. Deseaban convertir su nación en un país europeo normal y asociarse a la UE parecía ser la mejor manera de conseguirlo.

Fue el Euramaidán, no la ambición geopolítica, lo que forzó a la UE a entrar de nuevo en el escenario ucraniano. De pronto la UE se vio envuelta en un conflicto indeseado con Rusia por un país en el que nunca mostró demasiado interés. Rusia entonces dio un paso más, anexándose Crimea y realizando un ataque encubierto contra Ucrania oriental.

La UE no podía ya ignorar la situación, puesto que se habían cuestionado súbitamente los principios básicos de la paz en Europa. Ante una guerra de agresión en suelo europeo, la UE debía actuar.

El ampliamente difundido relato de un Occidente deseoso de separar a Ucrania de Rusia es un mito, puesto en circulación por el aparato propagandístico del Kremlin. La UE se mostró extremadamente cautelosa a fin de no molestar o provocar a Rusia. Alemania se opuso al Plan de Acción para Afiliación de la OTAN (NATO Membership Action Plan) de 2008. Asimismo, la UE no le ofreció ninguna perspectiva de adhesión a Ucrania, manteniendo un contacto de bajo nivel, y únicamente hizo lo mínimo para poder acomodar a Polonia y ciertos países de Europa Central.

Pero tras la agresión rusa a Ucrania, la UE tuvo que aceptar que se trataba de competir, convirtiéndose así en una de las partes involucradas en el conflicto. La UE tiene que jugar sus bazas geopolíticas aunque sea de forma minimalista, manteniendo el campo de juego libre de agresiones rusas para que sea la propia Ucrania la que pueda decidir libremente.

Ahora la UE tendrá que hacer lo que debió hacer hace dos décadas: invertir en Ucrania para que pueda convertirse en una democracia liberal estable y próspera.

Una Ucrania inestable, como ahora sabemos, supone un riesgo para la seguridad de Europa. Rusia necesita fronteras claras y Estados estables a su alrededor. Europa, igualmente, precisa de fronteras claras e indiscutibles.

El objeto mismo del sistema europeo construido tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría es asegurar que Europa no vuelva nunca a la experiencia de guerra y destrucción vivida entre 1914 y 1945. El reto ahora lanzado a la UE-Europa es defender y reafirmar ese orden, y es el mayor reto al que se enfrenta sin contar ya con el liderazgo estratégico de Washington.

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