La posguerra fría, según Zbigniew Brzezinski

Zbigniew Brzezinski (a la derecha) juega al ajedrez con el entonces presidente israelí Menachem Begin. Foto: Executive Office of the President of the United States / Jimmy Carter Library (dominio público)

Zbigniew Brzezinski (a la derecha) juega al ajedrez con el entonces presidente israelí Menachem Begin en Camp David en 1978. Foto: Executive Office of the President of the United States / Jimmy Carter Library (dominio público)

Un año después de la desaparición del estratega y consejero se seguridad nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, se ha publicado en Harvard University Press una excelente biografía suya. La ha escrito el historiador francés Justin Vaïsse, un gran especialista en la política exterior estadounidense.  Es un libro recomendable para quienes disfruten con las biografías intelectuales, como la de este polaco nacionalizado norteamericano que fue un punto de referencia en la vida académica y la política académica, pero que también siguió siendo “consejero de príncipes” en distintas presidencias, incluyendo la de Barack Obama. Brzezinski (1927-2017) vivió lo suficiente para analizar el mundo, primero aparentemente estable y luego bastante impredecible, que siguió a la Guerra Fría. Pero en cualquier época sus reflexiones sirven para recordarnos que en el debate de la política exterior no se pueden separar las ideas de la política de poder.

El calificativo habitual que algunos han dado a Brzezinski era el de rusófobo, una circunstancia que supuestamente se derivaría de su origen polaco. Olvidan, sin embargo, que en plena perestroika, en 1989, el analista fue aplaudido en la Academia Diplomática de Moscú pese a haber dicho que los problemas de la URSS no se remontaban al estalinismo sino al propio Lenin. Con todo, en 1990 todavía abogaba por algún tipo de cooperación institucionalizada entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, si bien la suerte del Pacto estaba echada por la decisión de los nuevos líderes centroeuropeos de soltar amarras con Moscú y acercarse a Europa. Aquellos años fueron también los del conflicto yugoslavo, y Brzezinski criticó la pasividad inicial de la Administración Clinton hasta el punto de preguntarse si había quedado vacante el cargo de líder del mundo libre, atribuido durante décadas al inquilino de la Casa Blanca. Luego respaldaría los acuerdos de Dayton (1995), pero tampoco estuvo de acuerdo con la exclusividad de la estrategia aérea de los aliados para el conflicto de Kosovo (1999). Con George W. Bush se opondría a la invasión de Irak, un riesgo en una región inflamable, pero también a la implicación estadounidense en Afganistán, pues veía inviable la forja de un estado centralizado en un territorio en que nunca había existido.

Hay que reconocer que Brzezinski no deseaba la reconstrucción de un imperio post-soviético. La mejor forma de evitarlo era mantener una Ucrania independiente y no debilitada. En su opinión, Ucrania debía desarrollar una estrategia ni rusocentrada ni rusofóbica. Su apuesta era por una “finlandización” del país, que descartaba un ingreso en la OTAN pero no la asociación con la UE. De hecho, en abril de 2017, un mes antes de su muerte, aconsejaba a Ucrania, en su propio interés, algún tipo de relación cooperativa con Rusia, si bien supeditado a que Moscú iniciara a la vez a un acercamiento a Europa. Recordemos también que en la última obra escrita por el analista norteamericano, Strategic Vision. America and the Crisis of Global Power (2012), no aparece la pretendida rusofobia. Por el contrario, en ella se apostaba por la integración de Turquía y Rusia en Occidente con una fecha concreta, la de 2025. No se equivocaba Brzezinski en la importancia de estos países, un tanto solitarios y desorientados en el escenario geopolítico pese a proclamar la “resurrección” de los respectivos orgullos nacionales que sirven para maquillar sus debilidades internas. Sin embargo, rusos y turcos asumen en la actualidad una postura de distanciamiento con Occidente y una política exterior orientada hacia Asia y Oriente Medio, aunque los resultados prácticos están por ver. Cabe añadir que en alguno de sus últimos artículos, Brzezinski recomendaba a Rusia justamente lo contrario de lo que Moscú hace ahora: no establecer una asociación con China, porque en el espacio de Asia Central los rusos quedarán reducido a un actor secundario, tal y como demostraría el proyecto chino de la nueva Ruta de la Seda que, entre otras cosas, conllevará una pérdida progresiva de influencia de Moscú en las ex repúblicas soviéticas. Sin embargo, pese a la agudeza de estas dos propuestas, hoy por hoy no son viables porque los odios y los recelos se han desatado con el conflicto ucraniano. Por lo demás, la visión estratégica de Brzezinski no es compartida por la Rusia de Putin.

Nuestro estratega fue uno de los defensores de lo que vino en llamarse el G2, la asociación estratégica entre EEUU y China. Esto no suponía necesariamente utilizar a los chinos para que sirvieran de contrapeso a Rusia, tal y como hicieran Nixon y Kissinger en 1972, pero sí apostar por una relación más constructiva con China. Brzezinski tampoco estaba de acuerdo con favorecer a la India en detrimento de China. El analista americano era consciente de que estamos viviendo lo que él calificaba de “despertar político global”.

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