La OSCE, espejo de la división europea y euroasiática

El  XX Consejo Ministerial de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), celebrado en Kiev el 5 y 6 de diciembre de 2013, ha tenido como escenario de fondo las protestas callejeras en la capital ucraniana contra la decisión de la presidente Viktor Yanukovich de no suscribir un acuerdo de asociación con la UE. No han faltado las referencias a los sucesos en una gran mayoría de discursos de los dignatarios de los Estados participantes en la OSCE,  en particular, los de la UE, EEUU, Gran Bretaña, Alemania o Francia. Los titulares de prensa nos han dicho que estos representantes apoyaban a la oposición, aunque, en realidad, algunos de ellos solo se han referido a la necesidad de buscar un acuerdo entre las partes enfrentadas, los pro-rusos y los pro-europeos.

20th OSCE Ministerial Council. Elcano Blog

(imagen via B92.net)

Por lo demás, la reunión de la OSCE ha sido, en gran medida, una repetición de encuentros anuales anteriores: los 57 Estados participantes han sido incapaces de redactar una declaración común por falta del obligado consenso. Lo cierto es que desde 2000 estamos acostumbrados únicamente a una declaración del Presidente en ejercicio, el país de la presidencia de turno, aunque, a la vez, puedan aprobarse algunos documentos sobre temas específicos. El estancamiento de los llamados “conflictos congelados”, en la región del Transdniester o en el Cáucaso, imposibilita desde hace años el consenso para una declaración común. ¿Será éste uno de los motivos por los que las delegaciones están compuestas por representantes de un perfil bajo? No hay tantos ministros de asuntos exteriores como en otros tiempos y crece el número de viceministros y secretarios de Estado. Pese a todo, en 2010 hubo una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en Astana, a la que también acudieron unos cuantos vicepresidentes y viceprimeros ministros. Pero si los Estados participantes no valoran el nivel de su representación, menos lo ha hecho el país anfitrión. El presidente ucraniano se ausentó del país para un viaje oficial a China el 3 de diciembre. Regresó tres días después, al tiempo que se clausuraba el Consejo de la OSCE. ¿Cuestión de protocolo? ¿No había jefes de Estado? O simplemente falta de interés por una institución que languidece, víctima de la expansión territorial de la UE y la OTAN y de la falta de voluntad política de una mayoría de los Estados participantes.

Acerca de los problemas vividos por la OSCE, poco nos dirán los discursos de los representantes de los Estados, más interesados por resaltar sus propios puntos de vista sobre las situaciones o las crisis que se desarrollan cerca de sus fronteras. Será más sincera una personalidad independiente, la del Secretario General, el italiano Lamberto Zannier. En su discurso denunció el riesgo de que vuelvan a aparecer divisiones y pérdidas de confianza en la región de la OSCE, cuyos límites situara el ex secretario de Estado, James Baker, entre Vancouver y Vladivostok. Resulta ahora mismo muy difícil alcanzar acuerdos incluso en temas de alcance menor.

No hay dimensión de la OSCE, que tiene un concepto muy amplio de la seguridad, que no se vea afectada. La dimensión político-militar de la seguridad se ha visto trastocada por la denuncia de Rusia en 2007 del tratado sobre fuerzas armadas convencionales en Europa y por la imposibilidad de alcanzar un acuerdo para suscribir un nuevo documento de Viena, actualizador del de 1999, sobre medidas para el fomento de la confianza y la seguridad. No es mejor el caso de la dimensión económica y medioambiental, donde la cooperación era de por sí muy secundaria, pues la crisis económica y financiera, unida al auge del bilateralismo, también se nota. Respecto a la dimensión humana, son conocidas las discrepancias entre Rusia y los países occidentales en materia de democracia y de derechos humanos.

Basta con leer algún pasaje del discurso del ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, para darse cuenta de que estamos ante un problema de fondo. En un tono muy similar al de Putin en el club Valdai en el pasado mes de septiembre, el representante ruso denunció que “ los intentos para adaptar el área de la OSCE a los intereses de un grupo específico de países por medio de la imposición agresiva de interpretaciones neoliberales de los derechos humanos, arruinarán la civilización europea. Un arrogante desprecio de los valores y normas morales –comunes a todos nosotros y característicos de todas las naciones- es inaceptable”. Estas palabras evocan un cierto relativismo en la concepción de los derechos humanos, presente ya en la época soviética, y que también defienden países como China, aunque allí les llaman valores asiáticos. Es una manera de entender los derechos basándose en las diferencias históricas y culturales de cada pueblo, en la superioridad de la colectividad sobre los individuos, en la preferencia de los derechos sociales y económicos sobre los civiles y políticos, o en la que el principio de la soberanía estatal y la no interferencia en los asuntos internos prevalece sobre los derechos humanos.

Este relativismo cuestiona en la práctica el decálogo de Helsinki, una gran aportación paneuropea al Derecho Internacional Contemporáneo.  Es una cuestión de fondo que explica la emergencia de divisiones mucho más complejas que las de la guerra fría. Tenemos hace tiempo dos Europas, dos Eurasias y, sin duda, dos Ucranias, la occidental y la oriental. Esas divisiones cuestionan la efectividad, incluso como foro de consultas,  de ese organismo paneuropeo y euroasiático que es la OSCE.

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