La luz de Burdeos

El Espejo de Agua (Miroir d'eau) de la plaza de la Bolsa en Burdeos (Francia). Foto: gaetan.gr (CC BY-NC-ND 2.0). Blog Elcano

El Espejo de Agua (Miroir d’eau) de la plaza de la Bolsa en Burdeos (Francia). Foto: gaetan.gr (CC BY-NC-ND 2.0)

He estado en varias ocasiones en Burdeos, una ciudad activa y emprendedora, con un ilustre pasado y un brillante porvenir. La ciudad del vino y de la cultura, unidos en una estrecha armonía. Una ciudad abierta a la inmensidad del océano, con una vocación marítima y comercial de siglos, y también una ciudad vinculada a la libertad. Una de sus plazas más conocidas es la de los girondinos, aquellos diputados de la Convención que resistieron, aun a costa de sus vidas, a quienes, en nombre de una supuesta virtud cívica, implantaron el mal llamado “despotismo de la libertad”.

El cielo de Burdeos puede ser gris y plomizo, sacudido por intervalos de lluvia y sol, pero siempre conserva una cierta luminosidad, mayormente intensa en la primavera y el verano. En Burdeos podemos encontrar una luz mucho mayor, una luz de libertad y de inspiración, capaz de atraer a gentes dispares como nuestro Francisco de Goya, que terminó allí sus días huyendo de una patria sombría e irrespirable.  En cambio, otros personajes, naturales de Burdeos, llevaron el espíritu de aquella ciudad dondequiera que fueron. Un espíritu pacífico y laborioso, semejante al empleado para fabricar sus mejores vinos, acompañó, por ejemplo, a tres grandes intelectuales bordeleses, cuya fama trascendió las fronteras de Francia. Sus apellidos empiezan por la misma inicial, la “M”, aunque vivieron en épocas diferentes. Se les valora desigualmente, o no se les valora al condenarles a reposar en las bibliotecas, pero sus escritos siguen arrojando luz para todos los tiempos. Nos inspiran incluso en esta época de auge de las máscaras, que no se presentan como prototipo del engaño sino como autoafirmación de la personalidad. Son Michel de Montaigne, el barón de Montesquieu y François Mauriac.

Montaigne

Recuerdo haber visto en mi época de estudiante un grabado de Michel de Montaigne (1533-1592), alcalde de Burdeos y autor de los célebres Ensayos, que dieron nombre a todo un género literario. Junto a su imagen, figuraba una de sus frases favoritas: “¿Qué sé yo?”. La frase no me cayó bien y relegué a su autor al desván de los escépticos y relativistas, que se consideran por encima de los demás mortales. Tardé tiempo en comprender que la frase guardaba mucha más relación con el socrático “Solo sé que no sé nada”. Leí más tarde su Diario, y juzgué a su autor como indiferente a las personas y acontecimientos exteriores. Sería Stefan Zweig, aquel gran europeo que no sobrevivió al nazismo, el que me presentó al auténtico Montaigne, el gran defensor de la libertad individual en una Francia atormentada por las guerras de religión en el siglo XVI, en las que la fe fue secuestrada por el fanatismo y la voluntad de poder. Su apuesta por la moderación, sintetizada en esta frase:

“No afirmar nada tajantemente, no negar nada a la ligera”.

El escritor era un auténtico heredero del legado del mundo clásico y del cristianismo que reivindica la libertad del individuo frente a las imposiciones coactivas del poder. El afán de independencia de Montaigne, que le hizo desechar ambiciones y cargos políticos, no estaba reñido con la libertad. En cambio, la época contemporánea ha cometido el error de confundir la una con la otra, con el riesgo de caer en una tiranía que ya fue anunciada por Alexis de Tocqueville. En tiempos de Montaigne, la paz, la razón y la conciliación parecían estar ausentes de Francia. Algunos habrían cruzado el Atlántico desde el gran estuario de Burdeos para huir de los problemas. Por el contrario, Montaigne se refugió en su castillo para dar rienda suelta a su pluma al tiempo que administraba resignadamente sus posesiones. Escribía, sin duda, desde el yo, pero esto, lejos de ser una limitación, sirvió para hacerse más cercano a gentes de todos los tiempos y recordarles la eterna llamada de la conciencia.

Montesquieu

Charles Louis de Secondat, barón de la Brède y Montesquieu (1689-1755), será siempre conocido como el autor de El espíritu de las leyes, que da título a una céntrica calle bordelesa. Pero fue en otra calle donde desarrolló su actividad como magistrado en el parlamento de Burdeos. La rue Saint Catherine, hoy plagada de comercios, contempló una parte de la vida de un hombre cuya alma se interesaba por todo, según sus propias palabras. Su curiosidad innata hacía de su corazón “un ciudadano de todos los países”. Su posición era acomodada, entre la judicatura y el cultivo de sus viñedos, aunque su afán por el estudio le hizo ir más allá de la vida ociosa o rutinaria que llevaban otros de su misma condición social, ajenos a la marcha de los acontecimientos. Montesquieu era un ilustrado que abogaba por una felicidad tranquila, esa felicidad ignorada que muchos no saben apreciar. Por eso desconfiaba de quienes rechazaban la felicidad hasta que no haber transformado el mundo. Parecía anunciar así la llegada de los ingenieros sociales, empezando por los jacobinos y culminando en los totalitarismos del siglo XX, que se convertirían en enemigos de la libertad, pese a proclamar que su objetivo era la felicidad universal.

“Para que un hombre esté por encima de la humanidad, los demás lo tienen que pagar demasiado caro”. Esta frase está tomada del Diálogo de Sila y Éucrates, parábola para todos los tiempos ambientada en la Roma republicana del siglo I a. C. Es la consabida historia del político que pretende resolver todos los problemas con amplios poderes, lo que supuestamente resolverá tensiones y conflictos endémicos. Los efectos de monopolizar el poder y manipular las instituciones, en este caso las republicanas, se notarán décadas después con el advenimiento del poder imperial, con césares triunfantes y césares grotescos que llevan al lento declinar de la civilización romana.

En El espíritu de las leyes, Montesquieu arremete contra el despotismo de su tiempo, con el que Francia, y no solo ella, puede asemejarse a la antigua Roma. Pero antes, en sus Cartas Persas, ha recordado que la política y la sociedad del momento son un mundo de máscaras. La religión se ha reducido a ceremonias, la majestad real a un arte de magia, y el espíritu son solamente muecas aprendidas. Estos rasgos se podrían aplicar, sin duda, a la Roma imperial, pero también se encuentran en el Estado absolutista e incluso presentarse en las democracias modernas. Jean Starobinski, un gran estudioso de Montesquieu, ha subrayado el magistral estilo de nuestro autor al mostrar el vacío real del “hombre que escenifica”. ¿Qué no podría decir en estos tiempos de la consagración política del relato? Nada muy diferente a este juicio:

“En los gobiernos despóticos, en los que se abusa también del honor, de los puestos y de los rangos, tanto se puede hacer de un príncipe un patán, como de un patán un príncipe”.

Mauriac

En el Burdeos de la otra orilla del Garona, y tras franquear un puente de piedra, me encontré con un liceo público que lleva el nombre de François Mauriac (1885-1970), un novelista profundo conocedor de la psicología humana, aunque su recuerdo está condicionado por ser un escritor católico y un ferviente partidario del gaullismo al final de su vida. Ni siquiera atemperan esos reproches el haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1952. Sin embargo, Mauriac nunca se sintió cómodo con la etiqueta de católico, como si esa condición llevara a militar en un partido único. Antes bien, confesó a uno de sus amigos que no se sentía identificado con otros creyentes que iban a la misma iglesia y rezaban las mismas oraciones. De hecho, su conciencia le llevó a rebelarse ante injusticias y atrocidades como la invasión de Etiopía por Mussolini o el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor. Entonces, y en esto las cosas hoy no han cambiado mucho, las ideologías respondían con el silencio ante las noticias incómodas. En cambio, la conciencia de Mauriac supo liberarse del corsé ideológico, también durante la ocupación alemana de Francia. En 1941 escribió su novela La farisea, retrato de una mujer, y de una sociedad, que practica sin amor una religión de amor. Nuestro escritor llega a la perenne conclusión, aplicable a toda religión ideologizada o a toda ideología sacralizada, que detrás de todo ese andamiaje solo existe la voluntad de poder.

“La realidad no es lo que parece ser, o lo que se nos quiere hacer creer”.

Esta cita se podría relacionar con el gaullismo tardío de François Mauriac. Quizás Mauriac pudiera respondernos que el libre ejercicio de la conciencia puede llevar a contradicciones, que en muchos casos solo son aparentes. A veces el desengaño de la política, a la derecha y a la izquierda, lleva a la búsqueda de una tercera vía, aunque la decepción puede estar a la vuelta de la esquina, y puede producirla tanto el líder político como sus irreflexivos partidarios. Un Mauriac de ochenta y tres años, que asiste el 30 de mayo de 1968 a una manifestación de apoyo a De Gaulle, reconoce su disgusto ante los gritos de los que quieren enviar a Daniel Cohn-Bendit a un campo de concentración. Quizás recordó entonces su indignación, ante las falsas acusaciones de deserción en la primera guerra mundial que se hicieron en 1936 al ministro del Interior, el socialista Roger Salengro. En realidad, había sido hecho prisionero por los alemanes y fue liberado tras acabar la contienda, pero el político fue acosado por una campaña inmisericorde de la revista Gringoire y terminó suicidándose en su casa tras abrir la llave del gas.

La familia de Mauriac poseía en los alrededores de Burdeos una propiedad vinícola, Malagar, hoy convertida en museo del escritor. Un lugar idílico para dedicarse a la literatura con vistas al valle del Garona. Allí, Mauriac, podía haber llevado una apacible vida de intelectual viticultor ajena a los conflictos políticos y sociales. Podía haber sido uno de sus intelectuales ensimismados, que escriben una y otra vez su propia biografía, pero eligió la pluma, al igual que sus otros paisanos, para arrojar luz sobre un mundo turbulento.

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