El Espectador Global, por Andrés Ortega

La guerra del virus con China

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Imagen del SARS-CoV-2 (el virus causante de la pandemia del COVID-19). Foto: NIH Image Gallery / NIAID-RML (Dominio público). Blog Elcano

Imagen del SARS-CoV-2 (el virus causante de la pandemia del COVID-19). Foto: NIH Image Gallery / NIAID-RML (Dominio público)

En 2003, cuando el SARS, EEUU y otros países colaboraron desde el principio con China y la epidemia se pudo controlar. En 2020 esta cooperación inicial ante el COVID-19 no sólo no se ha dado, sino que la manera en que China escondió los primeros brotes y la propia confrontación entre Washington y Pekín han contribuido a que el coronavirus se convirtiera en una pandemia, y en una fuente de tensión y de guerra de propaganda y desinformación y diplomacia agresiva, que puede llevar a más. Incluso importantes gobiernos e instituciones europeos se están distanciado de China. ¿Es, pues, la pandemia causa o consecuencia de la confrontación geopolítica entre EEUU y China? Para el sinólogo italiano Francesco Sisci, hay poca duda: es una consecuencia.

La tensión viene de lejos, y se agravó cuando Donald Trump se empeñó en hablar del “virus chino”, tras haber halagado inicialmente a Xi Jinping por su gestión de la crisis. Y luego, en contra del criterio de los científicos y los servicios de inteligencia de EEUU, al insistir en que el virus había salido de un laboratorio en Wuhan, y compararlo recientemente con algo peor que el ataque japonés de Pearl Harbor en 1941 y el 11-S. Otros hablan de prevaricación por parte china. Mientras, en este juego de culpas mutuas (blame game) que aleja la claridad de juicio, responsables chinos han estado diseminando la idea contraria: que el coronavirus nació en un laboratorio de EEUU. La petición de la Administración Trump de una investigación sobre el origen del virus, sin embargo, no cae en saco roto. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, apoya la idea, no para buscar responsables, sino porque piensa que es necesario estudiar esos orígenes para poner en pie un mejor sistema de alerta temprana que el actual. El régimen chino se resistirá por una cuestión de imagen, pero esta resistencia, justamente, dañará su imagen.

Todo esto –y algunos factores anteriores– está haciendo perder la “ingenuidad” –término empleado un año atrás por Emmanuel Macron y ahora recogido por Josep Borrell– de Europa frente a China. Queda en duda que se cumpla la previsión de que 2020 vaya a ser el año “Europa-China”, de impulso a las relaciones entre Pekín y el bloque –en el que hay diversidad respecto a China–, con una cumbre que se esperaba sonada en Leipzig en septiembre próximo durante el semestre alemán de presidencia del Consejo de la UE. China ha potenciado su aparato de propaganda diferenciada por países europeos, y se muestra cada vez más entrometida en estos y en otros (en los Balcanes, África y América Latina) donde Europa tiene intereses, pero, sin embargo, menos ayuda que aportar que Pekín ante la pandemia y sus efectos. En Bruselas, en Berlín y otras capitales ha sentado muy mal que en esta crisis los dirigentes chinos se reunieran antes en el formato 17+1 (China y diversos países europeos, muchos de la UE), que con los 27 de la Unión. Ya en marzo de 2019, en una toma de posición sonada, posteriormente refrendada por el Consejo, la Comisión Europea había descrito a China como un “socio en la cooperación y en negociación”, “competidor económico” y “rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”. Aunque parezcan contradictorias, estas cualificaciones forman un todo, que incluye la tecnología y en primer lugar la telefonía 5G.

Ello no quiere decir que Europa se repliegue a las posiciones de la Administración Trump (relativamente compartidas por los demócratas). Tampoco que busque una posición de equidistancia, aunque la cuestión china, si no se maneja bien, puede ser un grave factor de distanciamiento transatlántico. Por cuestión de valores e intereses, los europeos siempre estarán más cerca de EEUU. Pero lo que no quiere la UE es verse convertida en terreno del juego geopolítico bipolar entre EEUU y China, aunque buscar una tercera vía no va a resultar fácil en estas circunstancias. Mucho va a depender de la capacidad de recuperación y atractivo de la economía china. Sin embargo, si bien con la Gran Recesión Europa se abrió a compras de empresas por capital chino, esta vez, al menos para las estratégicas, se está cerrando.

En cuanto a Trump, hay que pensar que sus posiciones, en general erráticas, tienen siempre una prioridad: Me, first, es decir, ahora, su reelección. Trump considera que China quiere evitarla a toda costa. Pete Buttigieg, quien optara a ser candidato demócrata a la Casa Blanca, estima que es lo contrario: que China busca su reelección porque ha ganado fuerza bajo la presidencia de Trump. El juego tiene mucho de electoral, en unos momentos en que el mundo se tambalea. Una posición anti-China, debe estimar Trump, le puede reportar aún más apoyos populares en estas circunstancias y es una manera de desviar la atención sobre su mala gestión de la pandemia en EEUU. Pero también hay una cuestión de valores ante una sociedad abierta y otra cerrada. Trump y su Administración hablan de “castigar” a China en “múltiples frentes” por su responsabilidad en la diseminación del virus. Pero ¿se van a lanzar a una nueva vuelta de tuerca de la guerra comercial cuando EEUU y el mundo han entrado en una pavorosa recesión, que pueda dificultar aún más la recuperación? Al menos, por lo que se ha filtrado, Trump pretende más bien recortar las cadenas globales de suministros y los flujos de inversiones en China.

“La crisis del coronavirus ha llevado a un mayor deterioro de las ya malas relaciones crónicas entre China y EEUU. Tal como están las cosas, parece haber pocas perspectivas de que el daño pueda ser reparado a corto plazo”, señala de forma evidente la Economist Intelligence Unit. Ambos están intentando tomar posiciones de influencia en el mundo post-pandémico. Esta confrontación está teniendo consecuencias sobre la gobernanza global. Así, la decisión de Trump de detener su contribución financiera a la OMS –por haber sido demasiado blanda con, e influida por, China– socava la Organización Mundial de la Salud en unos momentos en que necesitaría potenciarse, no disminuirse. Sigue en la línea de destrucción de un orden mundial que EEUU tan decisivamente contribuyó a construir, aunque esté necesitado de reformas en profundidad. Entre otras cosas para hacer sitio a China y a las nuevas realidades.

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