Grecia y Estados Unidos

Barack Obama, presidente de EEUU, y Angela Merkel, canciller de Alemania. Foto: eleconomista.es. Blog Elcano

(Barack Obama, presidente de EEUU, y Angela Merkel, canciller de Alemania. Foto: eleconomista.es)

Durante el interrogatorio para ser nombrado secretario de Defensa de Eisenhower en 1953, Charles Wilson, director ejecutivo de General Motors, fue preguntado si estaría dispuesto a tomar una decisión que perjudicara a su compañía. Wilson contestó afirmativamente, pues siempre había pensado que lo era “bueno para el país era también bueno para la GM, y viceversa”. Curiosamente, esta afirmación patriótica fue trocada luego por otra más arrogantemente capitalista, aduciendo que “lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”. Wilson intentó corregir el malentendido, pero terminó por aceptarlo.

La crisis de Grecia ha actualizado la anécdota. ¿Lo que es malo (o bueno) para la Unión Europea es malo para Estados Unidos? Con excepción de algunos sectores minoritarios norteamericanos que se obstinan en las contiendas internacionales bajo la lógica de la suma-cero (lo que pierde uno, lo gana otro, y al revés), lo cierto es que para Estados Unidos los problemas de la UE, desde su nacimiento (al que ayudaron decisivamente desde el Plan Marshall) son malos para Washington. Es lo que ha estado pensando Obama al contemplar el drama griego. El problema es que el panorama actual europeo no ha estado aclarando qué es en realidad malo para la Unión Europea y para Grecia, aparte de la salida de Grecia del euro.

El contundente resultado del referéndum griego no hizo más que agravar la atmósfera de indecisión y planteó un nuevo reto para las percepciones norteamericanas. El “no” le presentó a Obama otro problema, ya que anteriormente había presionado a los acreedores para que suavizaran sus demandas, sin tener éxito. Obama había irritado al gobierno alemán y algunos acreedores cuando apenas unos meses antes había dicho que “no se podía arrinconar a países en recesión.”

En cierta manera, Obama, después acrecentó sus llamamientos para el acomodo, pero sin que se tradujera en una injerencia en un proceso interno. En este contexto, en los entresijos de la administración norteamericana se ha estado temiendo en los últimos días que si Grecia saliera del euro el resultado sería el colapso de toda la zona, un desastre desestabilizador que haría estallar los mercados y de rebote dañar la economía de Estados Unidos, todavía vulnerable a las convulsiones exteriores.

En el trasfondo de la incomodidad de Obama se cernía el hecho de que la salida de Grecia complicaría la campaña de Hillary Clinton, quien debe contar con la fortaleza de la economía norteamericana para respaldar su reclamo a la Casa Blanca. El vínculo de Estados Unidos con la UE significa que la bancarrota de Grecia dañaría a Estados Unidos. Mientras el dólar se acerca a la paridad con el euro, la crisis convertiría a la divisa norteamericana en todavía más fuerte, perjudicando las exportaciones y de rebote la actuación exterior de Washington en plena campaña presidencial de los demócratas.

Más que en el terreno financiero, lo cierto es que la crisis atañe a otras tres dimensiones, que son pivotes del interés norteamericano en que el daño no se derrame a otros terrenos cruciales. El primero es que la amenaza de la oscilación de una Grecia a la deriva hacia la tentación de un refugio bajo la protección de Rusia, dominada por Vladimir Putin, siempre presto a competir con Washington. En un mundo donde el factor religioso juega un papel preponderante, la afinidad de la variante cristiana ortodoxa resuena con simpatías tanto en Atenas como en Moscú.

El segundo es la incertidumbre que se crearía en el seno de la OTAN. La crisis ha recordado el lugar estratégico ocupado por Grecia. Situada en la vecindad de Turquía, entre las convulsiones de Oriente Medio y la precaria relación de los Balcanes con la Unión Europea, la nación helena cobra una nueva importancia que recuerda viejas épocas del devenir europeo en los momentos posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue el liderazgo norteamericano de Truman el que decidió apuntalar la posición de Grecia en el bando occidental, para neutralizar la ambivalente decisión de Yalta al dividirse el mapa de Europa con Stalin. En este aspecto, Obama no está dispuesto a escribir un capítulo diferente.

El tercer detalle es la incomodidad de contemplar desde Washington una Unión Europea dividida en su liderazgo y con las alas financieras dañadas, mientras está empeñada en plenas negociaciones para el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP), ya cuestionado desde diversos ángulos. Con líderes indecisos en Europa va a ser muy difícil que Obama pueda ejercer su mandato de negociación concedido por el Congreso, con el resultado de que el proyecto se retrase hasta que haya un nuevo presidente. Sería una notable baja colateral del desastre griego, que parece se ha evitado a última hora con la imposición de drásticas condiciones a Grecia como precio del nuevo rescate. Sería también la dura confirmación de que lo que es “malo para Europa es malo para Estados Unidos”. De momento, Obama respira con cierta tranquilidad.

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