El Espectador Global, por Andrés Ortega

Gobernanza global subestatal: cómo Trump importa menos

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Gobernanza global subestatal: cómo Trump importa menos. Foto: Neil Hinchley / Flickr (CC BY-NC-ND 2.0). Blog Elcano

Foto: Neil Hinchley / Flickr (CC BY-NC-ND 2.0).

Hace años el humorista Art Buchwald (1925-2007) se preguntaba, ante un viaje a Washington de Jerry Brown, entonces y ahora de nuevo gobernador del estado, si California seguiría en la OTAN. Tras la decisión del presidente Donald Trump de retirar a EEUU del Acuerdo de París contra el cambio climático, se podría invertir la lógica. Pues California se ha puesto a la cabeza de una serie de estados, ciudades y empresas estadounidenses para seguir respetando los compromisos asumidos. Se queda, mientras EEUU se va. Es más que simbólico.

El Acuerdo de Paris –junto con la decisión sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030– son los mejores ejemplos de lo que hemos llamado gobernanza global inductiva, desde abajo. La resistencia a la política de Trump contra ese acuerdo también lo es. California puede mucho: ha logrado imponer a escala nacional sus restrictivas emisiones de carbono de vehículos, y lo ha hecho porque tiene 39 millones de habitantes (más que Canadá, y algo menos que España) pero con un PIB que la convierte en la sexta economía del mundo.

California, Nueva York, Washington y una docena de estados –incluidos dos con gobiernos republicanos–, más ciudades, entre ellas las 10 más pobladas como la propia Gran Manzana y Los Ángeles además de la capital Washington DC, y algunas grandes empresas, se han unido en una coalición llamada Alianza de EEUU para el Clima (United States Climate Alliance). Suman el 30% de la economía de EEUU y más de 52 millones de habitantes. Aunque en emisiones de carbono esos estados sólo representan un 18% del total de EEUU, porque los más contaminantes (encabezados por Texas) están con Trump.

El dinamismo de California va más lejos que su peso dentro de EEUU. Llega al terreno internacional. Brown está detrás de una iniciativa junto con Canadá y México para un pacto, es verdad que voluntario, que respete los objetivos de Paris. De hecho, la semana pasada se la presentó al presidente chino Xi Jinping que le recibió y le apoyó en Pekín, sin duda recordando que él y Obama fueron decisivos para lograr el Acuerdo de París. California y el Ministerio chino de Ciencia y Tecnología firmaron un acuerdo para la colaboración en el desarrollo de tecnologías de energía verde. Trump ha acabado con el plan nacional –pues se requieren planes nacionales– estadounidense que esbozara Obama para recortar en un 26% para 2025 los niveles de emisiones de 2005, lo que ahora será difícil de conseguir. Pero California se puede estar convirtiendo en el negociador internacional de hecho de EEUU en materia medioambiental.

Es decir, que puede estar naciendo algo que no es totalmente nuevo en la historia: una gobernanza global que no se limita a los Estados nacionales, sino también a entes subestatales y a entidades privadas u ONGs (hay muchos sectores regulados por ellas a escala global) y empresas: en EEUU hay muchas que han declarado su oposición a los designios medioambientales de Trump (entre otras razones porque han invertido en energías alternativas y en gas natural).

Con esto, con la crisis entre Arabia Saudí y Qatar, y otros acontecimientos, Trump debe estar descubriendo que la política, exterior e interior, es más compleja de lo que se esperaba. Quizá descubra también que la Casa Blanca, aunque importa, lo hace menos que antes en un mundo más complejo en el que el poder es más difuso. Para bien y para mal. Pues, por ejemplo, incluso antes de aplicar el Acuerdo de París, las emisiones de la UE habían aumentado en un 0,5% en 2015, y disminuido en EEUU en un 3% el año pasado, debido a la transición del carbón y el petróleo al gas natural, el nuevo maná derivado de las prospecciones en esquisto en el país norteamericano. Y, aunque le pese a Trump, en cuanto a los puestos de trabajo en EEUU en la minería del carbón, se perdieron en su mayoría en los años 60 y 70, de la mano de avances tecnológicos. Difícilmente volverán por mucho que el actual inquilino de la Casa Blanca se empeñe.

Esta gobernanza inductiva, no se aplica sólo a esta cuestión medioambiental, sino que también se empieza a exigir desde los Estados, por ejemplo, en la lucha contra el terrorismo yihadista que utiliza Internet como un espacio en el que reclutar y formar a militantes. En esta lucha es esencial que cooperen las plataformas de estos servicios como Google, Twitter o Facebook, por citar las más conocidas, como ha pedido la primera ministra británica tras los atentados de Manchester y Londres.

Twitter afirma que entre julio y diciembre del año pasado suprimió mediante algoritmos 376.000 cuentas sospechosas de promover el terrorismo. Facebook toma medidas similares mezclando automatismo e intervención humana. Según ha señalado su fundador y presidente, Mark Zuckerberg, en un futuro próximo la inteligencia artificial puede desempeñar un papel importante en esta labor. En todo caso, como se ha dicho, Silicon Valley será clave en este tipo de lucha contra el terrorismo. La gobernanza global ya no es un asunto exclusivo de los Estados. Aunque estos siguen siendo cruciales, necesitan del concurso de otros actores. Y a veces estos actores se pueden volver contra los gobiernos nacionales si no están de acuerdo con ellos.

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