El Espectador Global, por Andrés Ortega

Europa perdió el tren de las grandes plataformas; aún puede tomar otros

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Europa ha perdido un tren crucial, el de las grandes plataformas tecnológicas, que empezó a salir en los 90. Pero aún está en disposición de tomar algunos siguientes. Las plataformas de ese tipo, según explica Haydn Shaughnessy (Platform Disruption Wave: A New Theory of Disruption and the Eclipse of American Power), son “el principal actor en la nueva teoría de la disrupción”. Las grandes son pocas. A las llamadas GAFA –Google (ahora Alphabet, sometido a la mayor multa por distorsión de la competencia que haya impuesto la Comisión Europea, aunque quizá por la menor de las razones), Apple, Facebook, y Amazon– cabe añadir la china Alibaba y, si acaso, Tencent. Shaughnessy considera que Amazon es sobre todo una empresa de comercio, almacenamiento de datos y computación en la nube, aunque está lanzada en robótica e inteligencia artificial, y ha solicitado actuar como prestamista.

Muchas de estas gigantescas plataformas ya son sistémicas. Están en cada vez más terrenos, y están invirtiendo y apostando por casi todo lo que parece despuntar en el futuro, desde la citada inteligencia artificial a las finanzas. Con una diferencia básica entre ellas: las norteamericanas son resultado de un cierto proceso de desarrollo no anticipado en un principio mientras que las chinas son fruto de un diseño muy pensado, que incluye no ya sólo la promoción del comercio sino una nueva forma de hacerlo. Siguiendo el argumento de Shaughnessy, en el caso de Google y Apple, la promoción de las empresas pequeñas resultó casi accidental. En el caso de Alibaba, ese era el objetivo, pues se trata de impulsar la pequeña y media empresa en China. Es decir, esta última nació con objetivos claros.

Si, habiendo aportado mucho, estas grandes plataformas han sido disruptivas, ¿lo serán aún más en el futuro, dadas sus enormes inversiones en I+D? Estaríamos en un punto de inflexión en la geoeconomía mundial, en el que EEUU y China ganan poder sobre el resto del mundo. Entre estas plataformas, no hay ninguna europea. La que más se acerca es Spotify (sueca). Europa perdió ese tren, pero estas plataformas, sin embargo, se aprovechan del mercado único europeo y más aún pueden hacerlo del mercado único digital en ciernes, del que, sí, se beneficiarán muchas empresas europeas y es necesario. Conviene recordar que el sector que más empleo generó en Europa entre 2010 y 2013 fue el de la economía de las apps, las aplicaciones digitales, incluidos los desarrolladores y los comerciales. La mayor parte de ellos estaban trabajando en dos sistemas operativos estadounidenses: Android (Google) y el IOS de Apple.

Entre las 10 principales empresas occidentales en innovación –incluso según la lista de Datamation en computación en la nube– no figura ninguna europea, aunque la Comisión Europea está proporcionando ayudas para conseguirlo y esa carrera no está aún perdida.

Unos 60.000 franceses, por citar un ejemplo, trabajan en Silicon Valley, lo que es significativo. Todo sin contar otros clusters tecnológicos, por ejemplo, en torno al Massachusetts Institute of Technology (MIT). No hay equivalente europeo, y quizá no sea ya posible otro Silicon Valley en el Viejo Continente. Pero Europa puede trabajar en red para unir sus diversos clusters tecnológicos de Londres (¿se verá afectado por el Brexit cuando ya no tenga acceso a fondos europeos?), Berlín, París, Estocolmo y otros. España cuenta con Barcelona, Madrid, Bilbao y, para algunas cosas, Sevilla.

Hay otros trenes que están saliendo. Y si Europa ha sido capaz de poner en pie Airbus en aeronáutica o Arianne en la industria aeroespacial, puede lograrlo en otros campos. De hecho, Airbus está metido en un programa de transformación digital, basado en datos masivos, llamado Quantum, para mejorar sus modelos de negocios y ver si puede generar otros nuevos no sólo de hardware sino también en el campo del software.

Europa, se recalca en Bruselas, va a disponer de uno de los tres superordenadores del mundo (los otros estarán en EEUU y en China), con el proyecto EuroHPC en el que participa España. En el Internet de las Cosas (es decir, las comunicaciones máquina a máquina, cuyo desarrollo va a algo más lento de lo esperado), la carrera acaba de empezar. Los europeos van más avanzados que EEUU en el desarrollo de las comunicaciones de telefonía móvil 5G (el 3G fue europeo, el 4G no). El coche autónomo, por ejemplo (otro tren que está saliendo), en el que están metidas tantas empresas en América, Asia y Europa, se comunicará mejor por este sistema, y que por WiFi avanzado. Requerirá, eso sí, grandes inversiones en infraestructuras. En cuanto a la carrera por la Inteligencia Artificial, las citadas grandes plataformas están a la cabeza en términos de inversiones en su desarrollo, pero Europa no carece de posibilidades. Como en robótica. Europa cuenta con ciertas fortalezas. Se habla del poder digital de Europa, aunque va retrasado.

Una oportunidad puede ser en lo que Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson (Machine, Platform, Crowd) llaman plataformas O2O (de on line a off line) que unen la economía de los bits con la de los átomos. Por ejemplo, la más notable europea, la francesa Blablacar (colaborativa), que proporciona contactos para viajes entre personas dispuestas a compartir coche. Desde 2011, el número de start-ups de alta tecnología fundadas en Europa se ha multiplicado por 3,5 y las inversiones en tecnología profunda están creciendo.

Las industrias tradicionales europeas están despertando a la tecnología. Dos tercios de las empresas más grandes de Europa por capitalización del mercado han hecho una inversión directa en una empresa de tecnología, desde principios de 2015. El último informe de la Fundación COTEC para la innovación recoge que el conjunto de la UE invierte hoy un 25% más en I+D que antes del inicio de la crisis económica. España invierte un 10% menos, lo que, con el retroceso acumulado en los últimos cinco años la retrotrae, en esta dimensión, al nivel de 2004. El último (2017) informe DESI (Índice de Economía y Sociedad Digital) que elabora la Comisión Europea, no refleja un panorama tan oscuro, pero en él han avanzado más Dinamarca, Finlandia, Suecia y los Países Bajos. España está en la posición 14.

Para mejorar y coger los trenes siguientes, Europa tiene que cambiar el sistema educativo. Hay demasiados pocos licenciados/as en carreras científicas y de ingeniería, las llamadas STEM en sus siglas en inglés (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Un millón de puestos de trabajo tecnológicos están sin cubrir en la UE por falta de gente preparada.

Es tarde para un Google europeo, pero no para muchas otras cosas.

[El Espectador Global dejará de publicarse hasta septiembre].

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