El Espectador Global, por Andrés Ortega

Ucrania: la paz que se esconde tras el alto el fuego

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Líderes de Bielorusia, Rusia, Alemania, Francia y Ucrania en la cumbre de Minsk (11-12 de febrero de 2015). Blog Elcano

(Líderes de Bielorusia, Rusia, Alemania, Francia y Ucrania en la cumbre de Minsk. 11 al 12 de febrero de 2015. Wikimedia Commons)

Si consolidar un alto el fuego en el Este de Ucrania va a resultar difícil, más lo será preparar una paz. Sin embargo, hay elementos para una paz estable en lo que se negoció en Minsk. Pero está por ver si, no ya Rusia, sino el Gobierno de Kiev, o su Parlamento, pueden realmente aceptar lo que han firmado o afirmado. En todo caso, esa paz no sería el mejor resultado para Ucrania, sino el menos malo.

Una cuestión a dilucidar estos días es si Moscú verdaderamente controla a las milicias pro-rusas en el Donbass. No deja de ser curioso que Putin negociara en Minsk, como en otras anteriores ocasiones, en nombre de los rebeldes, pese a negar que haya fuerzas rusas desplegadas. Aunque el acuerdo formal lo firmaron los rebeldes.

Más allá de la retirada de armamento pesado, liberación e intercambio de prisioneros y rehenes, y la salida de los grupos armados extranjeros (los hay en ambas partes), hay ciertos elementos en el texto suscrito por las partes y en la declaración final de los “cuatro de Normandía” (Alemania, Francia, Rusia y Ucrania) que presagian una paz que a muchos no gustará.

Para empezar, en Minsk no se habló de Crimea. Los ucranianos la dan por perdida, y también los europeos, aunque siempre será una china en el zapato de las relaciones entre la UE y Moscú. Eso ha ganado Putin.

En cuanto a las zonas en conflicto, el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, ha aceptado buscarles una autonomía dentro de Ucrania. Una reforma constitucional en Ucrania antes de final de año lo garantizará, con, además, la aprobación de una “ley permanente” sobre el estatus particular de determinadas zonas de las regiones de Donetsk y Lugansk. ¿Lo aceptará el Parlamento ucraniano? Antes, en los próximos 30 días, tendrá que haber una ley ucraniana especificando las zonas que contarán con un autogobierno interino. Hace meses Putin sugirió un sistema federal para Ucrania que dejara la parte ahora ocupada por los rebeldes con un alto grado de autonomía. Kiev lo desechó. Tendrá que haber también un diálogo para llevar a cabo las elecciones locales. ¿Quién las ganará allí? Lo más probable es que sean los pro-rusos. Se llame o no una solución federal, Putin habrá conseguido lo que buscaba (si buscaba más, lo que sabremos en días, semanas o meses). Y seguirá siendo un conflicto enquistado, incluso si Ucrania controla la frontera con Rusia.

Putin también ha conseguido conversaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y la UE en cuestiones de energía y sobre la aplicación del acuerdo entre Ucrania y la UE. Es decir, que ha metido una cuña en este tema. De hecho, hace unas semanas Berlín sugirió la posibilidad de entablar negociaciones entre la propia UE y la Unión Euroasiática que impulsa el presidente ruso. Si el alto el fuego se estabiliza, se volverá a ello.

En Minsk se volvió a hablar la semana pasada de “la visión de un espacio común humanitario y económico del Atlántico al Pacífico”, según reza la declaración de los Cuatro. Antes se decía de Lisboa a Vladivostok. Gorbachev –¿quién lo recuerda?– habló en su día de construir una “casa común europea”. Es verdad que hasta que haya un enfoque pan-europeo –en el que será esencial una relación especial entre Berlín-Moscú en la que debe pensar Merkel y que echa raíces en la historia–, la cuestión de Ucrania, víctima de su geografía y de su historia, no encontrará encaje. La renacida Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), que va a supervisar el alto el fuego, puede ser ese marco. De la ampliación a Ucrania de la UE y de la OTAN no ha debido hablarse. Pero es un sobreentendido que no se plantea.

Finalmente, una paz requerirá dinero. El FMI ha prometido ahora a una Ucrania al borde de la bancarrota 15.500 millones de euros, a condición de que se lleve a cabo reformas políticas y económicas en profundidad. Con otros compromisos se podría llegar a 21.000 millones de euros, aunque Ucrania necesitará mucho más, sin contar el coste de la reconstrucción de las zonas devastadas. Además, como se prevé en el acuerdo, hay que pagar las ayudas sociales (pensiones, etc.) y pago de facturas de servicios públicos en la zona de la guerra, aunque los europeos prefieran no llamarla así; pero que lo es, lo ha sido y puede volver a ser: una guerra.

La negociación ha sido desigual: Europa ha enseñado sus cartas, incluido el deseo de evitar verse metida en una guerra. Putin, no. El equilibrio logrado también es desigual. Rusia es mucho más fuerte que Ucrania en todos los sentidos, y armar a los ucranianos desde fuera, como pretende Washington, sólo llevaría a una escalada aún más peligrosa. Lo ha entendido muy bien la realista Merkel, que además sabía cuando negociaba en Minsk que las tropas ucranianas estaban en una posición muy delicada sobre el terreno. Lo que puede mantener un alto el fuego es un equilibrio de debilidades. Ucrania se siente débil económica y militarmente, y Rusia –con las sanciones, la bajada en el precio del crudo, la caída del rublo y en recesión– también. Moscú teme que Occidente le deje fuera del esencial sistema internacional SWIFT de control de las transacciones financieras, algo que sería visto por Moscú como una declaración de guerra, al menos de guerra fría. El primer ministro Medvedev ha alertado de que la respuesta rusa “no tendría límites”. Hay también el peligro de que una excesiva debilidad de Putin le lleve a volver a tensar la cuerda en el Este de Ucrania para buscar apoyo interno en Rusia. El alto el fuego está prendido con alfileres. Y la paz posible, no digamos. Pero se ha pespunteado en Minsk.

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