El Espectador Global, por Andrés Ortega

La dignidad en 2030: sin hambre y sin pobreza extrema

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A pesar del inmenso camino que queda por recorrer, el mundo está hoy mejor que en 2000. Se ha acercado a cumplir algunos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que los países reunidos en la ONU fijaron entonces para finales de este año 2015. En septiembre próximo la Asamblea General tendrá que renovarlos, esta vez bajo la forma de Objetivos de Desarrollo Sostenible. Muchos gobiernos y centros de reflexión y propuesta están trabajando en ello. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ha avanzado, en su informe del pasado diciembre sobre “el camino a la dignidad para 2030”, 17 objetivos en vez de los ocho que existen en la actualidad.  Se puede perder la sencillez que Kofi Annan impuso con mano de hierro 15 años atrás, pero se puede ganar en la constitución de una auténtica agenda global para los próximos tres lustros. Entre todos, destacan dos: erradicar la pobreza extrema, la de los que viven con menos de 1,25 dólares, o 1 euro, al día, y el hambre del mundo.

Los Objetivos del Milenio, que pusieron el foco en la pobreza y la ayuda, centrándose en los donantes, incluían reducir la pobreza extrema y el hambre a la mitad, combatir enfermedades, promover la escolarización universal de niños y niñas y lograr una menor mortalidad de los menores de cinco años y por maternidad. Son objetivos cuantificables para el 31 de diciembre de 2015. Desde 2000, organizaciones internacionales, gobiernos, fundaciones y ONG han dado mucho dinero para ello, aunque con la crisis económica se han secado en buena medida las aportaciones públicas.

El hambre afectaba a un 24% de la población mundial en 1990 (año de referencia, de partida para los ODM). Se redujo al 15% en 2012, y debería llegar al 12% para finales de este año. La tasa de pobreza extrema estaba en el 43% en 1990; en 2010 ya se había alcanzado el objetivo de recortarla a la mitad, y posiblemente se haya reducido a un 15% a finales de este año. En materia de no acceso a agua potable, se estaba en un 30%  en 1990, y quedará, previsiblemente, en menos del 11% a final de año. La mortalidad infantil también se ha reducido a la mitad, aunque el objetivo era reducirla en dos terceras partes. El grado de éxito es muy desigual según los países. Así, respecto a este último objetivo, Níger lo ha logrado, pero no, por ejemplo, el Salvador. Otros objetivos eran prácticamente imposibles de alcanzar, como la universalización de la enseñanza primaria, pero también en esto se ha avanzado, y los ODM han permitido concentrar la ayuda en sanidad y educación.

De cara a los nuevos Objetivos para 2030, el Grupo de Alto Nivel de Personas Eminentes hizo en mayo de 2013 un llamamiento para cinco “cambios transformativos”, que no dejen a nadie atrás: (1) acabar con la pobreza extrema; (2) situar el desarrollo sostenible en el centro; (3) transformar las economías para lograr empleos decentes y un crecimiento inclusivo; (4) construir sociedades pacíficas y una gobernanza abierta, transparente y que rinda cuentas; y (5) forjar una nueva asociación global para este desarrollo sostenible.

De esta base parte Ban Ki-moon. Su informe es oportuno, pues ya se han propuesto aquí y allá más de un millar de nuevos objetivos. Los cinco primeros de los 17 del secretario general se refieren a la erradicación de la pobreza en todas sus formas y lugares, acabar con el hambre, asegurar vidas sanas; impulsar una educación de calidad inclusiva y equitativa y promover el aprendizaje a lo largo de toda la vida, y conseguir una igualdad de género y empoderar a las mujeres y las niñas. Y sostenibilidad en muchos aspectos, claro.

6 elementos esenciales para alcanzar los ODS. Blog Elcano

(6 elementos esenciales para alcanzar los ODS. Fuente: “El camino hacia la dignidad para 2030: acabar con la pobreza y transformar vidas protegiendo el planeta”. Informe de síntesis del Secretario General sobre la agenda de desarrollo sostenible después de 2015. A/69/700. 4/XII/2014.)

Ponerse de acuerdo sobre la nueva lista no va a ser fácil. Los objetivos deben prestarse a la implementación –lo que constituirá una agenda de políticas– y a su monitorización, o como señala Ban Ki-moon, estar “orientados a la acción, resultar fáciles de comunicar y limitados en número”. Pues deben lograr atraer a donantes o capital privado, ante el deterioro de las ayudas públicas al desarrollo. Y tener cuidado con que no surjan otras brechas, como la tecnológica. Deben ser cuantificables, lo que requerirá un inmenso esfuerzo de capacidad estadística y de datos de la que carecen muchos países que ni siquiera saben con certeza qué población tienen.

Para lograr los nuevos objetivos se necesita la asociación global que ya propuso Annan, que se recogió en los Objetivos de 2000, y que ahora vuelve como un elemento sin el cual poco se conseguirá, y en la que han de participar gobiernos, instituciones internacionales, fundaciones y ONG y la ciudadanía global. Reducir la desigualdad, que ha crecido marcadamente en casi todas las sociedades desde 2000, no era entonces un objetivo, y está por ver si puede serlo de cara a 2030. Sí está al alcance de la mano atajar algunas enfermedades como la malaria, pues incluso sin vacuna, impedir una muerte por esta enfermedad cuesta sólo 1.000 dólares, como señala Bjorn Lomborg en un excelente análisis del cambio de objetivos del que hemos sacado algunos datos. En todo caso, será difícil casar prioridades locales con una agenda global. Más aún cuando los países de ingresos bajos buscan igualdad de oportunidades, y los de ingresos medios, mejorar la calidad de los servicios. Como también resultará difícil casar objetivos de desarrollo económico y social con otros de liberalización política. Aunque la piedra clave, sobre la que descansan todas las demás, es la erradicación de la pobreza para abrir eso que Hannah Arendt llamó “el derecho a tener derechos”.

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