El corazón partido de Serbia

El corazón partido de Serbia. Foto: Allan Leonard / Flickr (CC BY-NC 2.0).

Foto: Allan Leonard / Flickr (CC BY-NC 2.0).

Desde 2012, Serbia es candidata a la adhesión a la Unión Europea, aunque las negociaciones formales para convertirse en miembro  comenzaron en enero de 2014. Desde entonces, el gobierno de Serbia  ha ejercido la “diplomacia de Tito”, concepto que usan algunos políticos serbios para referirse a la necesaria habilidad del viejo comunista yugoslavo para nadar entre la Unión Soviética y Occidente en las aguas glaciales de la Guerra Fría.

Belgrado declaró su firme disposición a cumplir todos los requisitos para convertirse en miembro de la UE, mientras subrayaba que nunca reconocería la independencia de Kosovo y que aspiraba a mantener sus lazos históricos con Rusia. Consecuente con esta posición, se ha negado a secundar las sanciones económicas impuestas a Rusia como represalia de la UE y EEUU al Kremlin por la anexión de Crimea y el apoyo a los rebeldes pro ruso en Donbás.  Si bien no es obligatorio que el país candidato coordine su política exterior con la de la UE, esta ha sido la práctica habitual.  Hasta ahora, la UE no había presionado a Serbia al respecto,  pero  la inminente apertura de la negociación del capítulo 31 sobre la Política Común Exterior y de Seguridad y Defensa,  será, presumiblemente, el punto de inflexión para el malabarismo diplomático.

Serbia se encuentra ante una decisión histórica muy sencilla, mucho más sencilla de lo que percibe el actual ministro de Asuntos Exteriores serbio Ivica Dačić. En una reciente entrevista, preguntado por las relaciones entre Serbia  y Rusia, el ministro Dačić afirmó  que

“en el conflicto de EEUU y Rusia, o mejor dicho entre EEUU y los BRICS, que se está librando en varios frentes, el equilibrio del poder entre las grandes potencias está cambiando, y, lamentablemente, la UE no participa en ello. […] Sea cual sea el resultado de este conflicto, la UE tendrá que transformarse, y su posición en la comunidad internacional será mucho peor que hoy en día.”

Así que, según el ministro, no es Serbia la que se va a transformar, sino la Unión Europea.

Ante las negociaciones del capítulo 31, el gobierno serbio debería entender  que la Política Exterior Común no es una intromisión arbitraria de Bruselas en su soberanía nacional, sino una cuestión de solidaridad y cooperación entre los países miembros que puede beneficiar al suyo. Su posible integración en la UE dependerá de su disposición a reconocer la independencia de Kosovo (por mucho que los negociadores de la UE, cínica y falsamente, afirmen que esta no es una condición que se les exija cumplir para su ingreso), y a coordinar su relación con Rusia con la política exterior europea. Cualquier decisión será dolorosa, pero solo la integración en la UE supondrá un progreso democrático. Si prevalece la opinión del ministro Dačić, Serbia perderá su soberanía nacional a causa del nuevo equilibrio del poder entre las grandes potencias, y seguirá dependiendo de los hidrocarburos rusos, de su armamento y sobre todo de la negativa del Kremlin, como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, a reconocer la soberanía nacional de Kosovo.

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