EEUU 2020: Iowa y el Estado de la Unión, entre la Superbowl y el impeachment

Boleta de votación del Partido Demócrata en el caucus de Iowa (distrito electoral Des Moines 61). Foto: Phil Roeder (CC BY 2.0). Blog Elcano

Boleta de votación del Partido Demócrata en el caucus de Iowa (distrito electoral Des Moines 61). Foto: Phil Roeder (CC BY 2.0)

Por estas fechas cada cuatro años Iowa es el centro político de EEUU porque es aquí  donde da comienzo el proceso de primarias. Dos semanas antes de la celebración de los caucus, multitud de medios de comunicación difunden cualquier pequeño movimiento político que se produzca en el estado. Pero este año ha tenido que competir para poder retener toda esa atención. Un día antes se celebró la Superbowl –el fenomenal espectáculo deportivo, mediático y social–, y un día después el discurso anual de cada presidente de EEUU sobre el Estado de la Unión, y todo ello mientras las cadenas de noticas seguían centradas en el impeachment.

Es precisamente esa enorme concentración y cobertura de los medios de comunicación lo que hace especial a este estado. Es aquí donde se generan expectativas sobre algunos candidatos, donde se dan a conocer a otros desconocidos a nivel nacional y, en general, donde se empieza a separar el grano de la paja. Por eso, aunque numéricamente cuenta muy poco  –sólo están en juego 41 de los 3997 delegados– lo cierto es que Iowa cuenta mucho, aunque no todos los expertos están de acuerdo en su trascendencia en ese recorrido hacia la Casa Blanca.

Este año era más inusual que otros. No solo por la Superbowl, el discurso del presidente en Washington y el impeachment, sino porque no estaban preparados para el fiasco técnico que impidió dar los resultados. De repente, de esperar ser el punto de partida del fin de la era Trump, y la culminación de casi un año de precampaña demócrata en el que han llegaron a surgir hasta 28 aspirantes de los cuáles solo 11 llegaron a Iowa, todo se transformó en una debacle. Los esperados resultados no salieron y la confusión transformó una situación que debería de haber sido de casi euforia en una nube de dudas sobre la integridad del proceso. Dudas que además pueden durar varias semanas y, por lo tanto, añadir más ruido a la lucha por la nominación demócrata.

Tampoco debería extrañar a nadie lo que ha ocurrido. Los caucus de Iowa no solo han sido tachados de estrafalarios y arcaicos sino que es la tercera ocasión consecutiva en la que ha habido problemas.

En 2012, los republicanos de Iowa declararon a Mitt Romney el ganador de una reñida batalla con Rick Santorum, y días después el partido tuvo que declarar ganador precisamente a Santorum por solo 36 votos. Incluso después de la corrección, los resultados finales nunca llegaron a conocerse, con media docena de distritos electorales sin contar. Cuatro años después, Hillary Clinton frenó a Sanders por solo dos décimas en Iowa, tras un lento conteo durante el cual en algún distrito se dio la victoria a Clinton después de romper el empate lanzando una moneda al aire, con el consiguiente enfado de los simpatizantes de Sanders. Los demócratas de Iowa, ansiosos por poder mantener su posición en el calendario, aceptaron hacer una serie de reformas para facilitar el voto, mejorar la democracia e incrementar la participación de cara a las siguientes primarias.

Tras lo ocurrido este año, las peticiones que se hacen cada cuatro años de que se cambie el calendario de las primarias crecerán, y es difícil que Iowa pueda sostener estos caucus después de las feroces críticas. Pero no solo se cuestiona la complejidad del proceso sino también que siendo la primera votación del proceso de primarias, sea en un estado con un gran número de votantes evangélicos, “blancos” y rurales, y por tanto que no refleja la creciente diversidad del país y sobre todo de la base del Partido Demócrata. Aunque no olvidemos que políticos afroamericanos, como Barack Obama, han triunfado aquí. 

Una vez que estén los resultados definitivos, hay muchas posibilidades de que a aquellos que lo hicieron bien en Iowa les infravaloren el éxito, ya  aquellos que lo hicieron peor les den una segunda oportunidad precisamente por el fiasco técnico. Por ahora Pete Buttigieg parece haber dado la gran sorpresa –aunque ya había encabezado las encuestas en Iowa meses atrás– al arrebatar el voto moderado a Biden y disputarse el primer puesto con el independiente Bernie Sanders. El candidato más joven, el que puede ser un puente hacia una nueva era de políticos norteamericanos, un moderado que trataría de buscar el consenso bipartidista, frente al candidato más mayor que se define como socialista democrático, un outsider del partido preocupado por la desigualdad y que se presenta como una alternativa a la oligarquía y al autoritarismo.

Trump y los caucus de Iowa

Por su parte, Donald Trump también ganó sus primarias en Iowa, como era de esperar. Y de ahí fue a la Cámara de Representantes para pronunciar su tercer discurso sobre el Estado de la Unión, precisamente un día antes de que fuera absuelto del proceso de impeachment, y en el mismo lugar donde los demócratas le acusaron de abuso de poder y de obstrucción del Congreso hace menos de un mes. Hace 21 años, el entonces presidente Bill Clinton se encontraba en la misma situación que Trump, en medio de la batalla del impeachment y en el bully pulpit para su discurso. Él evitó mencionar la palabra “maldita”, centrándose en sus logros y en su trabajo como presidente. Donald Trump hizo lo mismo, aunque se pudo intuir alguna que otra referencia velada al proceso de destitución:

Members of Congress, we must never forget that the only victories that matter in Washington are victories that deliver for the American people”.

El título escogido para el discurso fue “great America comeback” y para demostrar cómo EEUU resurge, habló de sus logros de los últimos tres años cumpliendo con la promesa de “hacer a EEUU grande otra vez”.

 In just three short years, we have shattered the mentality of American decline and we have rejected the downsizing of America’s destiny”.

Tal y cómo muestran encuestas y estudios, la mayor fortaleza de Trump de cara a las elecciones de noviembre es la economía. Así que el presidente no dudó en centrar una gran parte del discurso en los logros económicos –rebaja fiscal, reducción regulatoria y acuerdos comerciales “justos y recíprocos”– atribuyéndose los méritos del bajo desempleo, del crecimiento de la industria y de las máximas en la producción de petróleo y gas, al tiempo que criticaba el legado económico de su predecesor. Y todo ello adornado con la etiqueta del “blue collar boom” que ya utilizó en su debut en Davos. De forma repetida y exagera citó cifras no siempre exactas, avances en temas de cobertura sanitaria no del todo creíbles y un sorprendente y repetido énfasis en los logros en la mejora de la vida de los afroamericanos, ligado a su interés electoral.

Abordó también los clásicos asuntos que motivan al tradicional votante republicano como la seguridad fronteriza, la inversión militar y la segunda enmienda, por lo que el discurso dejó de ser una explicación sobre el Estado de la Unión pasando a ser un mensaje a su base. Añadió críticas a las ciudades santuario, a los inmigrantes irregulares, al aborto, a la educación pública, ahondado así en la patente división de la Cámara en vez de tratar de unirla. No perdió la oportunidad de cargar contra la “izquierda radical” del medicare for all afirmando que “nunca permitirá que el socialismo destruya la asistencia sanitaria estadounidense”.

A los éxitos económicos sumó también los de política exterior, con especial énfasis en el asesinato del general Qasem Soleimani, su lucha contra el terrorismo y el haber doblegado a China a sus peticiones. Y de nuevo volvió a prometer traer de vuelta a las tropas y dar por acabadas las “interminables guerras” en referencia a Afganistán e Irak. Paradójicamente, Trump está ahora tratando de pelear porque las tropas estadounidenses permanezcan en Irak y el principal motivo es que él no ha tomado la decisión, sino Bagdad. 

Contó además con la presencia de Juan Guadió, quien arrancó una de las pocas ovaciones unánimes de toda la Cámara. Pero Trump no quiso desaprovechar el momento para derivar el asunto en una nueva crítica al socialismo e indirectamente a los candidatos demócratas. Pero ojo, que la política de EEUU y la posición de Trump hacia Venezuela está en buena parte diseñada para buscar el apoyo de los votantes de Florida. 

El presidente es el producto del universo de los realities de TV y como tal se lanzó también a un show dando becas, facilitando reencuentros y entregando la Medalla de la Libertad al controvertido periodista conservador Rush Limbaugh, todo ello en vivo y en directo. Trump pareció volver a sus raíces como estrella de televisión, con escenas conmovedoras pero quizás cargadas de excesivo drama para la situación.

No sabemos si formaba parte del show ignorar el ofrecimiento de Nancy Pelosy de estrecharle la mano, pero Donald Trump perdió la oportunidad de tender una mano –en sentido literal y figurado– a la presidenta de la Cámara de Representantes ante un país tan dividido. Cuando él estaba acabando el discurso, Pelosy rompió entonces los papeles de la transcripción delante de todas la cámaras, quizás por rabia y frustración después de un discurso más bien dirigido a su base que a todos los estadounidenses y en tono de confrontación: Trump frente a los inmigrantes irregulares, frente a los criminales, frente al muro, frente a los socialistas, frente a los aliados para que paguen más, frente a Irán, frente a Pelosy. Al acabar, Trump no volvió a encontrarse de cara frente a ella y abandonó rápidamente la Cámara de Representantes. Horas después, fue absuelto de los dos artículos del impeachment que pesaban sobre él.

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