Diplomacia e innovación

El nuevo entorno estratégico ha expandido la complejidad y ha generado nuevas incertidumbres. Los gobiernos son incapaces de resolver el trilema de la globalización y parecen, a veces, navegar sin rumbo claro: ¿cómo congeniar libertad y seguridad?, ¿cuánta transparencia es compatible con la confidencialidad de los asuntos de Estado?  y ¿qué libertad de expresión necesitamos?. Ante este panorama, la confianza en las instituciones políticas se ha desvanecido, al tiempo que ha crecido el impacto de los movimientos sociales. De repente, hemos descubierto que podemos organizarnos con solo una aplicación de un teléfono inteligente. Ha emergido la “sociedad civil global en red” que se expresa a través de nuevos y diferentes medios. Son las personas, a título individual, quienes han adquirido la competencia de participar en los ámbitos de decisión política y reclaman su sitio en la esfera internacional. Este cambio ha creado la necesidad de un nuevo tipo de diplomacia que debe insertarse en la era que algunos denominan del 3.0, conforme favorece la entrada y la salida de nuevos actores y el diálogo directo entre ellos mismos vía digital. Decisiones  transcendentales como sobre paz y seguridad ya no son monopolio de los Estados.

En medio de este “tsunami”, los diplomáticos deben, ciertamente, repensar su profesión o reflexionar sobre la naturaleza de la misma. La diplomacia, aunque de naturaleza conservadora, ha tenido que innovar permanentemente a lo largo de la historia para adaptarse a los tiempos. Lo mismo sucede ahora cuando se trata de ampliar las capacidades de innovación en la “diplomacia en red”. El ADN del diplomático innovador considera tres tipos de competencias: estratégicas, interpersonales e individuales, afectando las tres al éxito de la misión.

En el ámbito estratégico debe ampliar su capacidad de análisis para poder innovar. La fórmula denominada de las “Tres C” sostiene el proceso: Contexto, Consistencia y Cooperación. La “diplomacia digital” no consiste solo en el uso de Twitter, sino en comprender las dinámicas en que las redes sociales conectan personas con intereses y su correspondiente contexto. Son éstas las que influyen en la toma de decisiones y, a su vez, contribuyen a transitar desde la “diplomacia de club” a una de redes. La consistencia, por su parte, versa sobre seguir la lógica socrática: hay que ser lo que se es. No importa el tamaño, sino la capacidad de ser un referente en un ámbito concreto de la diplomacia; y, por último, la cooperación que consiste en la capacidad de generar alianzas que apoyen las iniciativas de la red.

La comunidad de intereses se perfila, entonces, como un conjunto de ciudadanos, diplomáticos, políticos, corporaciones, deportistas y otros tantos stakeholders. Las competencias específicas se expresan en la capacidad de análisis, la tolerancia al estrés, la adaptabilidad a un entorno de incertidumbre, la visión de las relaciones internacionales y la capacidad de establecer contactos profesionales estables. En el espacio interpersonal, la profesión debe trabajar en la recuperación de la confianza. El valor añadido reside en la coherencia y en la capacidad de construir imágenes relacionadas con uno mismo a través de la comunicación. Frente al ruido de las redes sociales, los rumores o los recados a interés de parte, el diplomático debe convertirse en un articulador fiable de mensajes. En la “diplomacia en red”, la credibilidad se cimenta sobre la transparencia y la capacidad de verificación. En un entorno de creciente interconexión, además de la capacidad de relacionarse y de escuchar, que es vital, el gestor debe exhibir identidad pública. Por supuesto, debe mantener una antena puesta en los “clubes”, pero es esencial abrir canales de comunicación con la sociedad civil. Aquí, la capacidad de formular un propósito común y amplio, comunicar los objetivos de una acción, motivar el trabajo en colaboración y reducir la conflictividad es vital. Rige un principio único: compartir es Poder.

Finalmente, las competencias individuales son aquellas que se desarrollan en los últimos tres pies que, en expresión afortunada de Edward R. Murrow, se configuran por el contacto personal, donde cuaja la confianza y se demuestra la calidad de los contactos. De ahí que escuchar, crear espacios de conversación, desarrollar la identidad digital (marca personal) y entender las ventajas de las nuevas herramientas, se dimensiona hacia el contexto de las competencias concretas: transparencia, capacidad de negociación, alfabetización, habilidad para la retórica y la presentación oral/escrita de argumentos, la creatividad y la aceptación del riesgo.

En este ámbito es donde resulta oportuno contar con las personas adecuadas. La transformación digital implica, también, la incorporación de nuevos perfiles profesionales al ámbito de la diplomacia y asumir la emergencia de nativos digitales bilingües producto de las acampadas en las plazas urbanas y en las virtuales. No olvidemos que los movimientos sociales son reales, así como los clicks y los tuits.  Vivir en las redes sociales significa focalizar el trabajo antes como curadores de contenidos (qué leer o ver en las redes) que como creadores de contenidos (videos virales o blogs). Mención especial merece Twitter, que es el corazón de la influencia social digital. En síntesis, la diplomacia en red invita a pensar nuevas competencias. No es una cuestión generacional, sino de adquisición de una serie de capacidades y habilidades que permitan el normal desarrollo en un nuevo entorno. “Hackear” la diplomacia es un reto para las Academias y Escuelas de Formación Diplomática.

Expuesto todo lo anterior, lo cierto es que para entender cómo se innova en diplomacia resulta útil recurrir a la etimología. Innovar proviene de “innovare” que a su vez procede de “in“ ,que significa “hacia dentro” y de “novus –a –um” , que se traduce en “nue-vo”. Podríamos decir que, en sus inicios, se asocia a “hacer desde dentro algo nuevo”. Puestas así las cosas, no resultaría necesario refundar la diplomacia ni tampoco importar fórmulas mágicas que la refresquen y la adapten a los tiempos actuales, sino bastaría un cambio en la mirada para afrontar los nuevos desafíos que impone un mundo globalizado cada vez menos clasificable. Un diplomático debe abrir los ojos a nuevas interpretaciones y leer la novedad que trae la modernidad para conocer y emplear el entorno a su favor, empleando todas las herramientas disponibles y ser un agente capaz de aportar a su país y la sociedad que lo ha mandatado. El desafío no es fácil, más si se considera que la intermediación formal se ha visto en gran medida sobrepasada y los grados y tipos de especialización requeridos son cada vez mayores. En suma, aquél debe abandonar el paradigma burocrático y aquellas viejas prácticas que han dejado de tener vigencia para recrear su misión interdisciplinaria e insertarse, convenientemente, en este cambio epocal y paradigmático.

Situados en esta perspectiva, la diplomacia debe emprender la tarea de identificar en sus raíces, que la configuran como la actividad articuladora y gestora de la política exterior por naturaleza, los medios eficaces para dialogar y convivir con la sociedad civil, aplicando -tanto en el contacto personal como en las redes sociales- un enfoque distinto en beneficio de lograr una mayor efectividad en su cometido e innovar. Cómo se obtiene lo anterior: con un conocimiento acabado del producto a promocionar –el país en su totalidad- enfatizando sus fortalezas y neutralizando sus debilidades; además, de perseverancia y con la convicción de que alterar el statu quo. Ello es posible porque el patrimonio diplomático estructurado por años, sumado a la experiencia acumulada por sus gestores, otorgan credenciales suficientes para motivar un cambio. Cuando se interactúa muy velozmente en el contexto de la sociedad de la información y del conocimiento son muchos los actores que conjuntamente concurren a ella y densifican la agenda, de ahí que la diplomacia habrá de combinar la tradición y la innovación. La primera para reconocer lo que es relevante y, a veces, intangible y, la segunda, para acercar el presente al futuro que deseamos construir conjuntamente como comunidad global.

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