De la democracia en Egipto: la función hace al órgano

En 1983, Ernest Gellner revolucionó la investigación sobre el nacionalismo con una teoría original: la aplicación de la vieja controversia entre darwinistas y creacionistas al estudio de las naciones. Así, en Nations and Nationalism Gellner defendía que las naciones eran entes que habían sido creados, inventados, como los creacionistas defienden que Dios creó el mundo con el mismo aspecto que exhibe hoy día. El autor sostuvo su postura frente a quienes atribuían a las naciones un rastro evolutivo remoto que podía reconstruirse, igual que los evolucionistas reconstruyen los fósiles de las praderas de Alberta.

Puede que el creacionismo errara a la hora de explicar el origen de las especies, pero, en cambio, resultaba bastante útil para retratar los movimientos nacionalistas. De la misma manera, digo yo, no cabe duda de que Jean-Baptiste Lamarck, el célebre naturalista, se equivocaba al afirmar que “la función hace al órgano”: por mucho que me esmere en batir mis brazos, parece improbable que consiga desarrollar alas. Sin embargo, la tesis de Lamarck, como la de los creacionistas, puede ser útil a otros efectos alejados de la zoología: me refiero a la democracia.

Cuando hablamos de democracia, la función sí hace al órgano. O dicho de otra manera: el cumplimiento de los procedimientos y las liturgias democráticas hace la democracia. El ejercicio del ritual democrático facilita que los individuos interioricen los procesos que conforman la democracia. Por eso, el respeto al veredicto de las urnas, la competición pluripartidista o la inclusión de las minorías en el juego político importan. Y, por eso mismo, el golpe de estado en Egipto no parece que vaya a hacer ningún favor a la democracia. Al contrario, el escenario que contemplamos no puede ser más hostil: inestabilidad, polarización, violencia y arbitrariedad son ingredientes más propios de la víspera de una guerra civil que de una democracia.

Y es que uno de principales problemas que aquejan a Egipto radica en la debilidad de la cultura política de partidos que constituye la función democrática. Una de las cosas que facilitó el arraigo de la monarquía parlamentaria en España a la muerte de Franco fue que, a pesar de los 40 años de dictadura, el país tenía una honda tradición de partidos políticos que entroncaba con la Restauración del siglo XIX. Y, aun cuando el sistema canovista no fuera democrático, proporcionaba a los ciudadanos y los líderes políticos una liturgia ficticia (pero no falsa) que les permitía interiorizar la esencia democrática de la negociación, la alternancia y la inclusión. Este es un gran hándicap de Egipto.

Como ha señalado recientemente Ignacio Torreblanca, la clave del problema egipcio es la inclusión, y esto tiene mucho que ver con la debilidad de una cultura política de partidos que acabamos de mencionar. Cuando el oponente político deja de ser contemplado como la alternativa legítima para un régimen saludable y es señalado como un enemigo de la patria al que hay que expulsar del sistema, la democracia se corrompe. Con el golpe militar (no entraremos en un debate estéril de nomenclaturas), Egipto ha renunciado a dos componentes fundamentales del éxito democrático, la estabilidad y la inclusión. A ello hay que añadir la ausencia del otro pilar esencial en toda transición, el crecimiento económico.

El país enfrenta un reto mayúsculo: debe recuperar la estabilidad perdida, recobrar la senda del crecimiento, desarrollar unas instituciones económicas inclusivas (esto es, que respeten la seguridad jurídica, la propiedad privada e incentiven la innovación) y, finalmente, implementar una política inclusiva. Sin embargo, hoy por hoy, los obstáculos para acometer tamaña empresa son formidables. La democracia piloto ha fracasado y muchos creen que el país está ahora peor que antes de la caída de Mubarak. Ante el creciente riesgo de un enfrentamiento civil, hay quienes empiezan a preguntarse si no será mejor centrarse en recuperar la estabilidad y el crecimiento y dejar que estos, con el tiempo, precipiten de forma natural la democracia. El problema de este planteamiento es que ello seguiría sin solucionar la carencia de cultura de partidos políticos esencial para la asunción de la negociación y la inclusión, claves para el éxito democrático. Por eso, Egipto debería regresar a la liturgia democrática: la función hace al órgano. La suerte del país pasa por comenzar a batir los brazos. Hasta que la democracia despegue.

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