Charles Dickens para analistas internacionales

Estatua de Charles Dickens en Guildhall Square, Portsmouth. Foto: Peter Trimming (CC BY 2.0). Blog Elcano

Estatua de Charles Dickens en Guildhall Square, Portsmouth. Foto: Peter Trimming (CC BY 2.0)

Charles Dickens es un autor clásico de referencia, del que en 2020 celebraremos el 150º aniversario de su muerte. Despierta el interés de gentes de todas las edades, jóvenes y mayores, al sentirse atraídos por la humanidad presente en sus relatos o por la galería de personajes en los que se retrata lo mejor o lo peor del ser humano. Algunos han descalificado a este escritor por sentimental, pero seguramente son incapaces de comprender su mirada compasiva, sobre todo en estos tiempos en que se rinde culto tan solo a la eficacia.

Sin embargo, las teorías políticas y sociales pasan, y el ser humano permanece. Esto es algo que no debería olvidar un analista político que suele centrar su estudio en la vida política, el gobierno, las elecciones o la coyuntura económica. No obstante, a veces puede olvidar que la gran protagonista de las ciencias sociales es la gente corriente, y no categorías abstractas como la clase, la nación o la humanidad. Suelen ser abstracciones frías, salidas de horas intensas de bibliotecas, que terminan por desembocar en teorías que chocan con la realidad al intentar ponerlas en práctica. Además del currículo de la teoría, hay un currículo oculto: el que nos lleva a comprender las actitudes y sentimientos de la gente. Es mejor descender al terreno del ser humano, el que habita, por ejemplo, las grandes ciudades de un mundo globalizado. Dickens puede decirnos mucho al respecto porque, en opinión de Gilbert Keith Chesterton, era un escritor que tenía la llave de la calle.

“¡Corazón de Londres, cada latido tuyo tiene una moral!” Al contemplar tu indomable trabajo, en el que no influirá ni un ápice la muerte, ni el ansia de vida, ni el dolor, ni la alegría exterior, me parece oír una voz dentro de ti que penetra en mi corazón, que me ordena, mientras me abro paso entre la muchedumbre, que piense en el mísero desgraciado que pasa junto a mí, y puesto que soy hombre no me aparte con desprecio y orgullo de nada cuanto tenga forma humana.”

El Londres del siglo XIX, evocado magistralmente por Dickens, no es muy diferente, con sus miserias y sus grandezas, de las megalópolis de nuestro tiempo, en las que la multitud vive de forma apresurada, prisionera de la soledad, el aislamiento y la indiferencia. La ciudad no es siempre un lugar de encuentro o de solidaridad, sino que en ella habita la desconfianza y el miedo al otro. Se da la paradoja de que ahora es más fácil comunicarse por medio de las tecnologías, pero los seres humanos están más desunidos. Dickens habría subrayado hoy que el desarrollo económico no lo es todo si sus estadísticas maquillan unas ganancias que no repercuten en el conjunto de la sociedad. El gran novelista victoriano, que vivió en una época de profusión de teorías revolucionarias y reformistas que se tenían por soluciones definitivas para un supuesto mundo perfecto, habría comprendido muy bien lo que es el desarrollo humano integral, que implica una relación entre medio ambiente, economía, naturaleza y salud. Todos esos temas ya estaban presentes en una urbe tan cosmopolita como el Londres de su época.

“No ha habido tiempos mejores, no ha habido tiempos peores: fueron años de buen sentido, fueron años de locura; una época de fe, una época de incredulidad, lapso de luz, lapso de tinieblas; primavera de esperanza, invierno de desesperación; lo teníamos todo ante nosotros; todos íbamos derecho al cielo, todos marchábamos en sentido contrario. Aquel período fue, en una palabra, tan semejante al actual, que algunas de sus personalidades más vocingleras reclamaban para el mismo que le fuesen aplicadas exclusivamente en lo bueno y en lo malo los calificativos extremos”.

Este fragmento es el inicio de una curiosa incursión dickensiana en el género histórico. Se trata de Historia de dos ciudades (1859), ambientada en Londres y París durante el período de la Revolución Francesa y sus años precedentes. La recordé en mi visita, en compañía de unos amigos, al pub más antiguo de Londres, Ye Olde Cheshire Cheese, citado en la novela y uno de los más frecuentados por Dickens. No lejos de allí estaban situados los tribunales que también juegan un papel en la trama. Pero además esta historia está asociada al cine. Un crítico cinematográfico, que no conocía directamente en el libro, me dijo, tras haber visto la adaptación al cine dirigida por Jack Conway en 1935, que seguramente este título tenía la finalidad de contraponer dos sistemas políticos, el del parlamentarismo, representada por Londres, y el de una revolución asentada sobre el terror, encarnado en París. De hecho, al final de la película, Charles Darnay, sobrino de un odiado marqués y que logra escapar a Inglaterra con su familia, hace un elogio de la revolución americana con referencias a George Washington y a los derechos del hombre. Por cierto, Hannah Arendt resaltó una vez la paradoja de que la Revolución Francesa había sido elevada a la categoría de acontecimiento universal, mientras que la americana fue considerada por muchos historiadores casi como un suceso local.

Por otra parte, el escritor y granjero Arthur Young en su libro Viajes por Francia (1787), se preguntaba si en el país vecino se copiaría el sistema político inglés, liberado de sus defectos, o bien partiendo de teorías se implantaría algo meramente especulativo. En el fondo, esta apreciación no deja de ser el reproche de muchos ingleses a la política y el derecho continentales. Creen que se parte de construcciones abstractas, un tanto cartesianas, y no se tienen en cuenta las tradiciones y peculiaridades culturales. Lo afirmaba uno de los padres del pensamiento conservador, Edmund Burke, en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa (1790), y ese argumento sigue estando hoy presente en la desconfianza de los partidarios del Brexit hacia la Unión Europea, un instrumento “normalizador” que disolvería las identidades nacionales. Winston Churchill y Margaret Thatcher no habrían dicho algo muy diferente. El problema es que algunos no han querido plantearse en el escenario de la globalización, donde no funcionan los postulados simplistas, si estos argumentos esgrimidos desde hace tiempo son válidos para el momento presente o necesitan de alguna matización o adaptación. Se aferran a las glorias pasadas de los Estados nación y no acaban de entender, como dijo en cierta ocasión Tony Blair, que la soberanía no solo sirve para decir no.

Dickens, la revolución y la justicia

Al leer Historia de dos ciudades, descubrimos que Dickens no contrapone sistemas políticos, pues también extiende sus críticas a un pilar del sistema político de su país, la justicia. El escritor denuncia la arbitrariedad, la corrupción y la vigencia de una serie de penas que no habían evolucionado en siglos, pues la pena capital se aplicaba en Inglaterra sin muchos miramientos en los delitos contra la propiedad. De hecho, en 1516 Tomás Moro denunció en Utopía que castigar a los ladrones con la muerte no era un método ejemplarizante. Por el contrario, solo serviría para unir el robo con el asesinato, pues se aplicaba el mismo castigo atroz a quien cometiera cualquiera de los dos delitos. Si en Gran Bretaña podían mezclarse la locura y el buen sentido, mucho peor era la situación de Francia que pasó de un extremo a otro: las injusticias y crueldades de los representantes del Antiguo Régimen fueron ampliadas por las cometidas en nombre de la Revolución. En una de las escenas finales de la novela, una joven costurera que acompaña al cadalso a Sydney Carton, el abogado que sacrifica su vida por la felicidad de su amada Lucie reflexiona en voz alta sobre que no le importaría su propia muerte si la República, que tanto bien va a traer a los pobres, ganara algo con su ejecución, aunque reconoce que es incapaz de comprender lo que gana con su muerte. Dickens presenta aquí un claro ejemplo de cómo las ideologías, llevadas hasta el fatalismo más ciego, vuelven a las personas rígidas y hostiles, hasta el extremo de pretender convencerse de que el mundo será mejor cuando sus enemigos hayan sido suprimidos.

“Veo a Basard, a Cly, a Defarge, al Jurado, al juez y a las largas filas de opresores que han surgido sobre los despojos de los antiguos, cayendo al filo de este mismo instrumento de justicia retributiva, antes de que cese en las funciones que ahora tiene. Veo surgir una espléndida ciudad y un pueblo magnífico del abismo en que están, y en sus luchas por conseguir una verdadera libertad, y en sus triunfos y derrotas, a lo largo de muchos, muchos años futuros, veo cómo la maldad de este tiempo, y del que le precedió, cuya consecuencia natural es aquel, va poco a poco expiando sus culpas y borrándose”.

Estos son algunos de los pensamientos de Sidney Carton antes de su muerte, en los que se atisba un rayo de esperanza. La revolución ha echado abajo un sistema en el que la tradición había sido privada de argumentos y en el que la fe religiosa había sido degradada al rango de ideología. En palabras de Charles Darnay, Dickens compara al Antiguo Régimen con una torre que se derrumba “a fuerza de disipación, despilfarros, extorsiones, deudas, hipotecas, opresiones, hambre, indigencia y sufrimientos”. Una magistral descripción que bien podría ser aplicada a otros regímenes políticos actuales, desde los autoritarismos de corte clásico a las democracias no liberales. A ambos les reprocharía nuestro escritor su falta de humanidad.

Poco tiempo después, la revolución devoró a sus propios hijos. Pero Dickens está seguro de que el mundo del mañana no se construirá con el aristócrata insensible que con una moneda de oro pretende olvidar que su carruaje ha atropellado a un niño, y tampoco con el revolucionario fanático, que asocia una ideología supuestamente redentora con el ejercicio implacable de su propio poder al que ofrece sacrificios humanos.

Hay quien opina que Charles Dickens no dio una visión amable de la Revolución Francesa por estar influido por los escritos del historiador Thomas Carlyle que cuestionaban el acontecimiento. Sin embargo, no hay nadie que pueda acusar a nuestro escritor de ser insensible a la injusticia o a la hipocresía. Dickens practica además el buen humor y no cree en la fatalidad de los condicionamientos sociales. Quienes aman realmente la libertad, tampoco creen en ellos.

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