El Espectador Global, por Andrés Ortega

Cameron y Europa: mucho ruido y algunas nueces

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David Cameron ante el Consejo Europeo (20/3/2015). Foto: Arron Hoare. Number 10 / Flickr. Crown copyright. Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada. Blog Elcano

David Cameron ante el Consejo Europeo (20/3/2015). Foto: Arron Hoare. Number 10 / Flickr. Crown copyright. Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada.

David Cameron tendrá que armarse de paciencia. Sus colegas en la Unión Europea (UE), también. El clima en la lucha contra el terrorismo del Estado Islámico (EI) y la crisis de los refugiados, junto a su propia tardanza en presentar sus propuestas, dificultan que los 28 puedan responder rápidamente a las reformas que pretende en la UE para ganar el referéndum sobre la permanencia o salida del Reino Unido de la UE, sobre el Brexit. El próximo Consejo Europeo del 17 y 18 de diciembre no estará en condiciones de hacerlo, lo que trastoca el calendario del premier británico. Y eso que tampoco pide peras al olmo. Al menos ante la caída que de por sí está experimentando la UE.

Tras largos meses, incluso años, de cavilaciones y estudios poco concluyentes, lo que ha desgranado David Cameron sobre sus demandas frente a la UE se sitúa en general dentro de lo pragmático, incluso (en algunas cosas) de lo razonable, de lo que ya existe de hecho, aunque no de derecho. Tiene algo de parto de los montes, de ratón, del shakespeariano mucho ruido y pocas nueces, aunque alguna hay. Aun así, hay muchas resistencias, especialmente de europeístas que ven que la UE se puede deshacer no por esto, sino por otras tendencias en curso.

Sus propuestas –no podrá ir mucho más allá cuando las precise en los próximos días en forma detallada e incluso jurídica– expuestas en su carta al presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, han sido mal acogidas por los antieuropeos del Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP) y de su propio Partido Conservador (en los que se apoyó y quedó hipotecado para ganar el liderazgo). Y bastante bien (estaban habladas) por algunos dirigentes como la canciller alemana Angela Merkel, que no desea que el Reino Unido se salga de la UE.

Inmigración

El objetivo de Cameron es claro: que menos inmigrantes vayan al Reino Unido, que ha crecido a nuevos límites: 336.000 en un año (hasta junio). Cameron tiene a su favor los vientos antiinmigración que soplan en Europa. Pero pide, exige, que los ciudadanos de otros países de la UE no tengan derecho a plenas prestaciones sociales hasta cuatro años después de residir en el país. A la vez ha reconocido que tal paso pondría en duda la sacrosanta libertad de movimiento de los trabajadores en la UE, y sabe que perdería el apoyo de polacos, checos y lituanos, que simpatizan con sus ideas reduccionistas de Europa pero no con esta, pues tienen muchos emigrantes. La Comisión Europea lo ve “problemático”.

Unión cada vez más estrecha

El principio, del que Cameron se quiere descolgar, de avanzar hacia “una Unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa” –expresión presente en los tratados desde el de Maastricht en 1992– ya no funciona de hecho a 28. Y las crisis actuales por las que pasa la UE, como la de los refugiados, lo demuestra. Que el Reino Unido se descuelgue importa poco. El problema es que otros países ahora euroescépticos, como Hungría y Polonia, pretendan descolgarse también en un futuro nuevo tratado que se hace a la vez cada vez más indispensable y difícil de lograr.

Relación entre la Eurozona y los de fuera

Es evidente que para evitar que la UE se rompa hay que crear pasarelas entre la Eurozona y el resto, entre los ins y los outs. La relación entre estas dos Europas es un gran tema pendiente. Cameron quiere que se consagre la UE como una Unión multidivisas. Nadie dice que no lo sea, aunque la moneda única es un objetivo. Pues todos, con la excepción del Reino Unido y Dinamarca, están comprometidos a ingresar en el euro en el futuro, con lo que al final se tratará sólo de estos dos países (Suecia va dando largas). Tampoco se le puede dar derecho de veto sobre la Eurozona a los que están fuera. Aunque de hecho, en toda la negociación sobre la Unión Bancaria, se ha escuchado y atendido a los británicos, pues la City de Londres es el verdadero centro financiero del euro, aunque a París y Frankfurt les gustaría capturar esa posición. Cameron no quiere que desde fuera se le pueda imponer por mayoría la regulación financiera de la City. En todo caso, la UE avanza aún más hacia una Unión de geometría variable o a varias velocidades, y el propio presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, ha reconocido que la Unión va a tener que revisar su marco “para permitir que unos países hagan todo juntos y otros se impliquen menos”.

No participar en los rescates de la Eurozona

Cameron pide también que no se vuelva a plantear lo del último rescate a Grecia en el que tuvieron que participar tesoros que no pertenecían a la Eurozona. Pero este es un mal enfoque. Pues puede llegar el día en que haya que rescatar a economías que no pertenecen a la Eurozona. El Mecanismo de Estabilidad se creó a 28 y para los 28. Si el FMI ha contribuido a los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal, ¿por qué no el Reino Unido? Retroceder en este punto es hacerlo en la idea de solidaridad que ha de ser una de las columnas de la construcción europea, aunque en estos tiempos haya desaparecido del radar.

Parlamentos nacionales

La demanda de Cameron de que un grupo (número a determinar) de parlamentos nacionales puedan vetar propuestas legislativas europeas no gusta tampoco. Ya hay de hecho un procedimiento de “tarjeta roja” de los parlamentos nacionales ante una propuesta de la Comisión, pero no de veto. Muchos están de acuerdo en acrecentar el poder y el control de los parlamentos nacionales sobre asuntos europeos, pero sobre la política europea de sus gobiernos, como ha recordado Juncker. Pocos quieren multiplicar los vetos en una arquitectura institucional ya de por sí muy compleja.

Toda la propuesta está vestida con la defensa del mercado único y de mayor competitividad. ¿Quién puede no estar de acuerdo con ello? Pero en esta tercera renegociación británica de sus términos de relaciones con la UE, ¿puede Cameron garantizar que será la última? No. Tampoco parece tolerable que amenace con apoyar la opción del Brexit en el referéndum, que quiere adelantar a 2016, si no se le da satisfacción en esta negociación. Es una amenaza de suicidio político. Hay argumentos mucho más poderosos para la permanencia, que tienen que ver con los intereses británicos más básicos en una UE que, sí, ha de abordar algunas de las cuestiones que se plantean desde Londres. Pero porque lo necesita. No porque haya que contentar a los británicos para que no se salgan.

Downing Street está revisando sus objetivos. Cree que puede conseguir un debate “sustantivo” en el próximo Consejo Europeo, seguido de un acuerdo en febrero, lo que permitiría convocar el referéndum para junio próximo. Puede que los demás de la UE acaben concediéndole a Cameron gran parte de lo que pide, aunque no es seguro de que convenza así a los euroescépticos británicos. Y de pedir más no lograría que se lo dieran, y perdería autoridad ante su electorado. Por tanto, un Brexit sigue siendo una posibilidad real, aunque hoy por hoy las encuestas apuntan a una victoria del “no” por el 52% frente al 48%.

Si finalmente el Reino Unido se queda, lo hará de una forma un poco menos adosada, desde luego alejado de la vivienda principal europea. Aunque esta vez el premier británico presenta sus argumentos ya no sólo desde un punto de vista económico, sino de lo que perdería su país en términos de seguridad nacional, algo que, por si había dudas, sigue en manos nacionales, claro. Como estamos viendo.

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