Berlín, más de lo mismo

Atentado en Berlín. Puerta de Brandeburgo iluminada con los colores de la bandera francesa tras los ataques de París en noviembre de 2015. Foto: Ian Insch / Flickr (CC BY-NC 2.0).

Puerta de Brandeburgo iluminada con los colores de la bandera francesa tras los ataques de París en noviembre de 2015. Foto: Ian Insch / Flickr (CC BY-NC 2.0).

Aunque para quienes lo han sufrido no habrá otro día igual en el resto de sus vidas, el atentado de Berlín es, desgraciadamente, más de lo mismo. Dando por hecho que se trata de un atentado inspirado por el ideario yihadista que tan brutalmente propaga Daesh y teniendo en cuenta lo ocurrido en otros escenarios durante el año que ahora termina, cabe considerar que:

  • La debilidad de Daesh se traduce paradójicamente en mayor letalidad. Los últimos datos del Global Terrorism Index, elaborados por el Institute for Economics and Peace, no dejan lugar a dudas: si en 2014 Daesh había golpeado violentamente en 13 países, un año más tarde lo ha hecho en 28. Pero ese dato, lejos de implicar una mayor fortaleza, esconde una creciente debilidad. En estos dos últimos años Daesh ha sido duramente castigado en sus feudos principales y ya solo registra pérdidas netas de territorio. El Pentágono acaba de recordarnos que, desde 2014, han sido eliminados unos 50.000 miembros de la organización (2.000 de ellos en los dos meses que han transcurrido desde el inicio de la batalla por Mosul y otros 1.000 en el asalto final a Sirte). Eso indica que el notable e inquietante incremento de sus acciones fuera de su núcleo central de operaciones está protagonizado por grupos afiliados y por “lobos solitarios”, sobradamente capaces de matar indiscriminadamente, pero incapaces de poder controlar territorio de manera efectiva.

Esa táctica de expansiva violencia terrorista responde, por tanto, a un desesperado intento por parte de Abu Bakr al Baghdadi y sus lugartenientes de seguir acaparando la atención mediática internacional y de “vender” buenas noticias a sus potenciales simpatizantes, militantes y financiadores. Al mismo tiempo tratan así de amortiguar el negativo efecto de las derrotas que van acumulando tanto en territorio iraquí (con Mosul solo pendiente de ponerle fecha a la derrota), como sirio (en vísperas del lanzamiento de la ofensiva para expulsarlos de Raqqa) y libio (con la pérdida de Sirte).

  • La “resistencia sin liderazgo” se impone como modelo para Occidente. A la vista de las enormes dificultades que supone conformar un grupo estable capaz de planificar y realizar atentados contra objetivos fuertemente protegidos o de gran impacto, ya hace tiempo que los líderes yihadistas optaron por promover la resistencia individual. Así, contando preferentemente con personas radicalizadas que nunca han atravesado una frontera internacional –sea para incorporarse a escenarios de combate o para recibir instrucción de sus potenciales maestros–, el esfuerzo se dirige cada vez más hacia la activación de “lobos solitarios” o grupúsculos anónimos. Aprovechando que en la mayoría de los casos no están todavía bajo el radar de los servicios policiales y de inteligencia, para el yihadismo global constituyen una opción atractiva para lograr atemorizar a la población, atraer la atención mediática e, idealmente, desencadenar una sobrerreacción por parte de los gobiernos occidentales.
  • No se necesita una gran pericia ni armas sofisticadas. Los atentados más recientes sorprenden en todo caso por su audacia y su llamativa simpleza. Sus ejecutantes no necesitan un gran nivel de cualificación técnica para llevarlos a cabo, ni tampoco disponer de armas muy sofisticadas. Frente a la tentación de hacerse con armas de destrucción masiva o contar con profesionales altamente capacitados, lo más habitual hoy es encontrarse en manos de personas escasamente relevantes con cuchillos o armas ligeras de fácil adquisición, así como vehículos privados o camiones convertidos en artefactos mortíferos.

Lo relevante, una vez más, no es tanto la capacidad de matar –al alcance de muchos, sobre todo si se hace con intención suicida– como la voluntad de hacerlo. Esto supone que, cuando se plantean respuestas a la amenaza terrorista, convendría escapar de las supuestas recetas mágicas (normalmente traducidas en apuestas militaristas y policiales) para concentrar mucho más la atención en educar las mentes de nuestros conciudadanos y nuestros vecinos, optando por mecanismos y políticas de integración social, política y económica.

  • El aprovechamiento de la desgracia no conoce fronteras. También en Berlín se ha vuelto a hacer presente el impulso cavernícola que ha llevado a un alto representante del ultraderechista Alternativa para Alemania a proclamar de inmediato que estos son “los muertos de Merkel”, o al no menos demagogo Nigel Farage a añadir que “es el legado de Merkel”. Cuando ya se vislumbran en el horizonte las elecciones parlamentarias del próximo año, queda por ver hasta qué punto este discurso prenderá definitivamente en la opinión pública alemana y, en consecuencia, hasta dónde llegará el corrimiento electoral hacia opciones populistas y demagógicas, cuando no abiertamente xenófobas y racistas.

Hoy son ya demasiados los países de la Unión Europea afectados por una parálisis de los gobiernos nacionales y los partidos tradicionales, crecientemente desconectados de sus potenciales votantes, que no se atreven a hacer frente a quienes prometen lo imposible. Y, por si no fueran suficientes, a ellos se suma también Donald Trump, desde el otro lado del Atlántico, repitiendo el tan manido como frívolo lema de “eliminar a todos los yihadistas de la faz de la Tierra”.

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