El Espectador Global, por Andrés Ortega

Arabia Saudí contra Irán: la verdadera rivalidad en Oriente Medio

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Mapa de la rivalidad geopolítica entre Arabia Saudí e Iran en Oriente Medio. Fuente: Emmanuel Pène (Agathocle de Syracuse) / The Maghreb and Orient Courier. Blog Elcano

Mapa de la rivalidad geopolítica entre Arabia Saudí e Iran en Oriente Medio. Fuente: Emmanuel Pène (Agathocle de Syracuse) / The Maghreb and Orient Courier.

Sin ella, no se entiende nada. Y ahora ha surgido a plena luz del día, a raíz de la ejecución en Arabia Saudí del clérigo chií Nimr al-Nimr junto a otros 46 reos –43 de ellos de al-Qaeda condenados por terrorismo– y las consiguientes manifestaciones, asalto e incendio de la embajada saudí en Teherán. Ha seguido la ruptura de relaciones diplomáticas de Riad, y tras él de otros países del Golfo como Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos y Sudán, además de Somalia, y una condena de una reunión de ministros árabes el pasado domingo en El Cairo. La erupción como crisis diplomática de este cisma puede suponer un grave contratiempo para la estrategia de Obama contra Daesh, el Estado Islámico, para los deseos del régimen de Teherán de romper su aislamiento internacional tras el acuerdo sobre la limitación y transparencia de su programa nuclear, y para las perspectivas de una paz en Siria y en Yemen.

Es el enfrentamiento entre dos superpotencias regionales (si bien Arabia Saudí tiene 30 millones de habitantes e Irán 80 millones) que también son dos teocracias. Es la gran rivalidad geopolítica en la región, por encima incluso del enfrentamiento con Israel, directamente o indirectamente a través de proxies (intermediarios o apoderados) como muestra un magnífico mapa de Emmanuel Pène. Rivalidad con raíces religiosas (suníes contra chiíes, que se remonta al siglo VII), pero antes del advenimiento del islam, que nació en tierra hoy saudí, Irán era Persia y con milenios de gran historia a su espalda. Y tanta historia e intereses pesan en este enfrentamiento.

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Arabia Saudí no da puntada sin hilo. Vio cómo desde el derrocamiento de Saddam Hussein con la invasión norteamericana de Irak en 2003, que ha dado el poder a la mayoría chií, Irán había ido ganando influencia en la región. Primer aviso de la ejecución de al-Nimr: el régimen saudí no tolerará influencia iraní en la minoría chií en su tierra y la de sus vecinos árabes (aunque son mayoría en un Bahréin dominado por los suníes). Y eso que al-Nimr, según un telegrama diplomático de EEUU filtrado por Wikileaks, había “ansiosamente intentado divorciarse a sí mismo de la imagen de ser un agente iraní”.

Segundo aviso: hay que aislar a Irán. Justamente cuando las potencias occidentales están levantando las sanciones contra Teherán e incorporándole a las negociaciones en Suiza sobre el futuro de Siria, donde iraníes (que apoyan al régimen de Bashar el-Assad) y saudíes (en contra) mantienen también un pulso. Riad se ve aislada y en parte abandonada por EEUU.

Para Irán, Daesh –movimiento terrorista suní derivado de la invasión de 2003 y la destrucción de las estructuras estatales de Irak– es un enemigo y, sin participar en la coalición internacional, lo combate en Siria e Irak. Los saudíes también lo ven como un enorme peligro, más aún cuando Abu Bakr al-Baghdadi, auto proclamado califa del Estado Islámico, ha llamado a derrocar al régimen de los Saud, acusándole de connivencia secreta con Israel. Pero si los saudíes impulsaron una alianza árabe contra Daesh, movimiento que se inspira en el salafismo de origen religioso saudí, esta coalición no ha funcionado. Incluso se ha informado de que algún piloto saudí se negó en septiembre de 2014 a bombardear posiciones de Daesh por no querer atacar a los que considera “sus hermanos”.

Pero, sobre todo, el régimen de Arabia Saudí, basado en un reparto de poder entre la casa de Saud y los líderes religiosos del wahabismo, ha entrado en una transición de incierto destino. Occidente prefiere lo que hay como mal menor a otras alternativas más radicales que pudieran venir entre loas saudíes. Algunos, como Ray Takeyh, ven en el endurecimiento del nuevo rey Salman un signo de debilidad. Su predecesor, el rey Abdalá, había sido mucho más cauto en su trato con Irán. La ejecución de miembros de al-Qaeda tras meses en la cárcel puede también reflejar este temor del reino a una desestabilización interna. A ello hay que sumar los efectos de la bajada en el precio del petróleo, que es el arma más potente de los saudíes contra los iraníes (aunque estos pueden recuperar mercado en cuanto se supriman las sanciones), pero supone una merma importante en sus propios ingresos. Ha llevado al régimen saudí a tener que anunciar importantes recortes en el gasto público, en un sistema de subvenciones a la sanidad, la vivienda, la educación y, claro está, el combustible, esenciales para una juventud cada vez más frustrada. Pero la mano dura con Irán resulta popular en Arabia Saudí.

Este país está en el origen de muchos problemas con la radicalización del islamismo. Pero es esencial en la lucha contra el yihadismo. El Irán de los ayatolás también es un problema, aunque intenta ahora presentar otra imagen, más acorde con la evolución de su propia sociedad. Su ministro de Asuntos Exteriores, Mohammad Javad Zarif, ha señalado que Riad puede “seguir apoyando a extremistas y promoviendo el odio sectario; u optar por jugar un papel constructivo promoviendo la estabilidad regional”.

No es probable una guerra entre Irán y Arabia Saudí. Pero este nuevo ciclo de enfrentamiento puede ser catastrófico para la región. Reconciliarles es cada vez más necesario, pero más imposible. La UE, que, como EEUU, no quiere verse forzada a elegir, lo intenta sin gran éxito. Puede, incluso, de que no se trate de eso, sino de introducir un mayor grado de gobernanza en una región devastada por esta rivalidad, como señala Frederic Wehrey en The Atlantic.

Riad había ya interrumpido la tregua en Yemen retomando los bombardeos contra los huothi próximos a Irán (y, según Teherán, ha bombardeado su embajada en Saná). Una salida, muy complicada, para Siria se aleja también. Esta rivalidad puede agravar las tensiones en otros países como Líbano. Es parte de la recomposición de Oriente Próximo, de la destrucción del orden fijado por las potencias coloniales hace un siglo, cuestión que no se resolverá en meses ni años, sino que tomará décadas. Se requiere paciencia y visión estratégicas.

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