Arabia Saudí, el rey ha muerto ¿viva el rey?

Abdullah Al Saud - Abdalá Abdelaziz. Blog Elcano

(Abdalá Abdelaziz. Foto: Defense.gov News Photo, Cherie Cullen. Wikimedia Commons)

Uno de los entretenimientos ya clásicos entre los analistas de Oriente Medio es el de bucear en el intrincado (y, en realidad, desconocido) proceso de sucesión de la monarquía saudí, jugando a adivinar el nombre del próximo rey y del príncipe heredero, así como a interpretar cada nombramiento entre los centenares de hijos y nietos principescos de la familia Saud. El fallecimiento de Abdalá Abdelaziz, sin embargo, no ha dado ocasión a recrear este pasatiempo, dado que el mecanismo previsto por el propio Abdelaziz en 2007 creando el Consejo de Lealtad (Hay’at al Bay’ah), conformado originalmente por 15 hijos del fundador de la dinastía (o sus representantes) y 19 de sus nietos, ha funcionado con rapidez para confirmar a Salman bin Abdelaziz al Saud, como rey, y a Muqrin bin Adelaziz al Saud, como heredero.

Pero ni siquiera esa celeridad puede ser interpretada como sinónimo de orden y sosiego. Por una parte, basta considerar que el nuevo monarca está a punto de cumplir 80 años, lo que augura un breve reinado. Eso significa que, como mucho, el régimen –el mismo que acaba de condenar a mil latigazos a un bloguero, que niega todo derecho a sus 12,5 millones de mujeres (sobre una población total de 30) y que cultiva y difunde un islamismo extremadamente rigorista– apenas gana un cierto tiempo hasta que tenga que enfrentarse con sus propias carencias. Lo ocurrido no apaga tampoco la competencia interna entre los tres principales clanes –el ligado al rey Faisal, el vinculado al rey Abdalá y el de los Sudairi (derivado del nombre de la octava esposa del fundador)– que pugnan por imponerse en la permanente intriga que vive el régimen desde la independencia del país en 1932. Cierto es, en todo caso, que Muqrin (69 años) garantiza un cierto margen de maniobra para gestionar la llegada de la tercera generación de príncipes a la primera línea sucesoria y que, de momento, el clan de los Sudairi (ahora con Salman) sigue gozando de un mayor poder que los otros dos; pero, tras la defenestración de pasados herederos, nada puede darse por descontado.

Además de los enredos palaciegos, el régimen se enfrenta a numerosos retos que ponen en cuestión la propia estabilidad del reino. Unos afectan a la situación interna, en la medida en que se hace cada vez más visible el descontento de diferentes minorías –como los discriminados chiíes (casi un 20% de la población), las mujeres y hasta los afanosos grupos reformistas–, bloqueados por un régimen demasiado alineado con el estamento religioso suní (wahabí), contrario a todo gesto de modernización que socave, desde su particular perspectiva, la condición del reino como ejemplo para toda la comunidad musulmana. Aunque sus reservas (tanto monetarias como petrolíferas) son muy cuantiosas, el actual contexto de crisis económica de muchos de sus clientes y la caída del precio de los hidrocarburos supone una considerable dificultad para poder garantizar la paz social, apoyándose en el tradicional clientelismo y paternalismo (entreverado de represión férrea contra cualquier atisbo de oposición) para satisfacer plenamente a una población que crece a un ritmo anual del 3% y de la que un tercio tiene menos de 15 años. Tampoco es menor es desafío que plantea un yihadismo en alza, tanto dentro de su propio territorio (Mohamed bin Naif, jefe del contraterrorismo saudí y encargado del programa para frenar la radicalización yihadista, acaba de ser nombrado vicepríncipe heredero) como en su vecindad, con al-Qaeda en la Península Arábiga como referente principal, al que se suma ya Daesh en su intento por ampliar su radio de acción y atraer a más militantes.

Otras tienen una obvia implicación regional, comenzando por el temor que genera en Riad la apuesta de Teherán por verse reconocido como el líder de la zona y el acercamiento que Washington está explorando actualmente con el régimen de los ayatolás. El régimen saudí está empeñando considerables recursos en financiar a grupos armados que compliquen la estrategia iraní de dominio por interposición, tanto en Irak como en Siria y Líbano (sin olvidar a Bahréin y Yemen), sin que la situación actual parezca favorecer sus intereses por frenar políticamente a los Hermanos Musulmanes -vistos como un movimiento republicano, crecientemente crítico con Riad-, ni mucho menos por derrotar militarmente a los grupos yihadistas interesados en actuar en suelo saudí y en promover cambios contrarios a sus intereses en países como Yemen (donde el empuje de las milicias huzíes está poniendo en jaque al presidente Mansur Hadi).

En definitiva, una agenda muy cargada para un monarca octogenario, lastrado por inercias que no parecen apuntar a un proceso de reformas como el que su país necesita a todas luces. En esas condiciones, cabe cuestionar cuántos hoy (dentro y fuera de Arabia Saudí) habrán gritado entusiasmados el clásico “viva el rey”.

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