El Espectador Global, por Andrés Ortega

Alemania (+25) global

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25 años después de la caída del Muro de Berlín, y 24 después de la unificación, el Gobierno de Alemania se ha propuesto tener un papel más activo en el mundo para su país. Por ser más precisos: lo desean los ministros de Exteriores (Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata) y de Defensa (Ursula von der Leyen, democristiana) además del presidente Joachim Gauck, un referente. El propio Steinmeier ha lanzado un ejercicio de revisión de la política exterior alemana que, sin ser rompedor, debería recoger esa mayor ambición.

Es una ambición que choca con varias dificultades. En primer lugar, los ciudadanos no la siguen, a diferencia de hace años cuando eran los alemanes los que reclamaban más acción exterior, y el Gobierno el que frenaba. Según una encuesta de la Fundación Körber, un 60% de los alemanes considera que su país debería seguir ejerciendo una restricción en el campo de la política exterior, mientras un 37% aboga por una mayor implicación. Es justamente a la inversa de lo que pensaban hace dos décadas.

En segundo lugar, si las empresas (no sólo las grandes) e incluso la sociedad están globalizadas y piensan en términos globales, el debate mediático y político se ha vuelto más nacional, incluso más provinciano, y también mucho más parlamentarizado.

En tercer lugar, Europa (la UE) es un marco central para la política alemana, pero se le está quedando pequeña, tanto en términos de mercado como de acompañamiento con una Política Exterior y de Seguridad Europea que no funciona. Si en 2001 un 45% de sus exportaciones iban a la hoy Eurozona, en 2013 esta proporción había bajado a un 36%. No hay un europeísmo ferviente en Alemania. El euro es un anclaje (aunque cuestionado por el partido Alianza por Alemania, con un alto poder contaminante), y se trata de afianzarlo, especialmente porque si volviera el Deutsche Mark, éste se encarecería de forma marcada. Pero hoy por hoy los responsables alemanes en el Gobierno de coalición, con la posible excepción de Schäuble, no ven ni necesario ni deseable lanzarse a una reforma de los tratados. Parece que la política al respecto la dicta más el Tribunal Constitucional de Karlsruhe que el Gobierno o el Parlamento. Cuidado, pues si Europa no se despabila, Alemania se le escapará bajo el empuje de lo global.

Sin embargo, Alemania, para sus ambiciones globales, necesita de socios globales. La relación con China es fundamentalmente económica y comercial (Alemania representa un 47% de las exportaciones de la UE hacia China), no política. Las empresas miran también mucho a la India, Brasil y otros mercados. Berlín, siguiendo una larga tradición, apostaba mucho por Rusia, incluso por cambiar Rusia a través de una relación estrecha, pero no ha funcionado y, tras la invasión de Crimea y la guerra en Ucrania, se ha tenido que distanciar, un enfriamiento que puede durar. De nuevo en contra de una ciudadanía que, con raíces históricas profundas, desea buenas relaciones con Rusia, y en este paquete entra Putin.

Lo que lleva al cuarto factor, las relaciones con EEUU, “las más difíciles para Alemania”, según un responsable alemán. Las filtraciones de Snowden respecto al espionaje de la NSA estadounidense, incluido el teléfono móvil de la canciller, Angela Merkel, han enfriado marcadamente estas relaciones. Alemania busca ahora una “soberanía tecnológica” en este campo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), y cree que sus empresas lo pueden conseguir. Lo que se añade al cambio de cultura que se ha producido en Alemania desde 1989. Como indica una analista alemana, desde 1949 hasta entonces, la cultura oficial fue claramente pro-americana. Esto no es necesariamente así para las nuevas generaciones que se han educado en un marco mucho más autónomo. El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversiones (TTIP) que se está negociando entre la UE y EEUU está siendo cuestionado por lo que pueda suponer de merma en la protección al consumidor y a las inversiones, aunque una mayoría está a favor. El ruido parlamentario y mediático dificulta una mejora de las relaciones con EEUU.

La política exterior alemana, señala un observador europeo, se expresa más por voluntades que por realidades. La realidad es que Alemania mantiene con EEUU una relación de una intensidad muy superior a la de otros países occidentales. De hecho, en el ministerio de Asuntos Exteriores se acaba de nombrar un coordinador para estas relaciones, privilegio que hasta ahora sólo se aplicaba a Francia. Pues a pesar de estos problemas, Alemania necesita sus relaciones con EEUU para sus ambiciones globales, y prueba de ello es cómo se comprometió a enviar armas a Irak para los que luchan contra el embate del Estado Islámico.

25 años después de la caída del Muro estamos ante una nueva Alemania, dispuesta a más responsabilidad internacional. “Responsabilidad” es una palabra en boga en este debate alemán. Aunque, como ha señalado el presidente Gauck, “nunca es fácil poner en práctica el principio de la responsabilidad, no sólo en la vida de uno, sino también en la sociedad, y en una dimensión europea y global expandida”.

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