Afganistán tras el declive del califato y la amenaza yihadista global

Frontera entre Afganistán y Pakistán (2013). Foto: Staff Sgt. Shane Hamann (defenseimagery.mil) vía Wikimedia Commons (Dominio público). Blog Elcano

Policía afgano en un punto de control cerca de la frontera entre Afganistán y Pakistán (2013). Foto: Staff Sgt. Shane Hamann (defenseimagery.mil) vía Wikimedia Commons (Dominio público).

A medida que Estado Islámico pierde el control territorial que llegó a ejercer sobre amplias franjas de Siria e Irak, el destino de buena parte de los 30.000 combatientes terroristas extranjeros que, procedentes de más de un centenar de países, se unieron a esa organización terrorista se está convirtiendo en una creciente preocupación para la comunidad internacional. El principal temor es que una porción de esos jóvenes experimentados en el combate e instruidos en el uso de armas y explosivos regrese ahora a sus países de origen o a otros próximos con la intención de atentar. Pero no es menos probable que otra porción significativa opte por trasladarse a escenarios de conflicto alternativos en Oriente Medio, el Magreb o Asia, lo que podría reforzarlos como focos de inestabilidad global.

Además de en Yemen, Libia o Filipinas, la atención de los servicios de seguridad está puesta en Afganistán, y existen razones de peso para ello. El país surasiático es hoy el mayor santuario de organizaciones yihadistas: de los 98 grupos terroristas designados por el Departamento de Estado de EEUU, 20 cuentan con militantes e infraestructura allí. Algunos de ellos representan una seria amenaza para la seguridad internacional (al-Qaeda, Estado Islámico, Tehrik-e-Taliban Pakistán) o regional (Lashkar-e-Tayiba, al-Qaeda en el Subcontinente Indio), y no es descartable que esto se vea potenciado por la evolución de los acontecimientos en Siria e Irak. El desplazamiento a Afganistán de foreign terrorist fighters procedentes de esos dos países podría fortalecer no solo las capacidades sino también las ambiciones operativas en Occidente de al-Qaeda central y de la provincia de Estado Islámico en la región Afganistán-Pakistán, la denominada wilayat Khorasan.

Si bien la primera está centrada en explotar conflictos locales en aquellos países en los que ha establecido sus extensiones territoriales, no ha renunciado a llevar a cabo la yihad contra el «enemigo lejano». Aunque sin éxito desde el atentado de Londres en 2005, la cúpula de al-Qaeda, refugiada parcialmente en las áreas tribales del este de Afganistán, sigue planificando ataques contra EEUU y Europa a través de su rama de operaciones exteriores, como confirmó el Departamento de Defensa estadounidense tras bombardear en octubre de 2016 a uno de los principales líderes operativos de esa organización, Faruq al-Qatani.

La wilayat Khorasan, por su parte, tiene su ámbito de actuación limitado al sur de Asia, pero es posible que en el futuro devenga en una amenaza fuera de esa zona. La implicación de alguno de sus miembros, en un grado todavía por determinar, en el atentado cometido en julio de 2016 por un refugiado afgano en un tren de la ciudad alemana de Wuzburgo pone de manifiesto que, bajo condiciones de oportunidad, la wilayat Khorasan podría instigar a nivel internacional la misma clase de acciones terroristas que su matriz desde Siria e Irak.

La revitalización de Afganistán como foco de la amenaza yihadista global es solo uno de los escenarios que podrían abrirse tras el declive del califato en Oriente Medio. Esta hipotética evolución del fenómeno yihadista no estaría únicamente ligada a la diáspora de combatientes terroristas, sino también al creciente deterioro de la situación de seguridad en Afganistán, que ha abierto nuevas ventanas de oportunidad a movimientos insurgentes y grupos yihadistas. Desde la retirada de gran parte del contingente internacional al término de la misión ISAF de la OTAN en diciembre de 2014, los talibanes han avanzado sobre suelo afgano hasta controlar o disputarse con el Estado el control del 40% del territorio y de un tercio de la población.

De ese avance se ha beneficiado especialmente al-Qaeda, que en virtud de la estrecha alianza que mantiene con los insurgentes ha logrado extender sus actividades a 25 de las 34 provincias de Afganistán. Entre tanto, la wilayat Khorasan, fundada oficialmente a principios de 2015, ha logrado resistir en varios distritos del este a pesar de la presión ejercida por las tropas afganas y estadounidenses, y por los propios talibanes, con los que mantienen una intensa rivalidad.

Mapa de Afganistán, según distritos bajo control talibán (negro) o en disputa entre los talibán y el gobierno afgano (rojo) a 1 de marzo de 2017. Elaborado por el equipo de The Long War Journal.

La existencia de un refugio físico donde los grupos yihadistas pueden operar libremente, entrenar a sus miembros y planificar e inspirar atentados, así como la disponibilidad de una fuerza humana decidida a materializar esa amenaza en Occidente hicieron de la región Afganistán-Pakistán el centro de gravedad del terrorismo yihadista desde la llegada de Osama bin Laden en 1996 hasta su muerte en 2011. Durante aquellos quince años, las áreas tribales que se extienden a un lado y otro de la frontera entre ambos países fueron el santuario desde el que al-Qaeda promovió, planificó y preparó los principales atentados terroristas ejecutados en Europa y EEUU.

Aun cuando vuelvan a darse en un futuro cercano las condiciones que lo hicieron posible, no parece probable que Afganistán llegue a representar el mismo grado de amenaza que en el pasado, en buena medida porque el epicentro del terrorismo global seguirá asentado en Siria e Irak mientras EI conserve su actual capacidad de movilización. Pero sí cabe imaginar que la seguridad internacional podría verse progresivamente comprometida por las actividades que lleven a cabo las organizaciones yihadistas instaladas en Afganistán.

Así parece haberlo asumido la Administración Trump, que, renunciando a su inicial negativa a incrementar su implicación en el conflicto, está estudiando enviar un contingente de 4.000 soldados adicionales a los 8.400 ya desplegados. Un refuerzo militar al que podría contribuir también el Gobierno español con el envío de nuevas tropas, que se unirían a los 20 soldados destacados en el Cuartel General de la OTAN en Kabul.

Transcurridos 16 años desde el inicio de la guerra en Afganistán, solo una cosa parece clara: negar refugio y recursos a los grupos terroristas que operan allí sigue siendo clave para evitar nuevos atentados en Occidente.

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